Escrito por Samuel Santibañez
Publicado originalmente por Militante
La economía
planificada
La sociedad capitalista ha llevado la
producción y la productividad a tal nivel que resulta fácil entrever lo que
sería posible hacer si todo ese potencial se pudiese utilizar para las mejoras
de las condiciones de vida, la cultura y la salud de la mayoría de la sociedad.
Un potencial que bajo el capitalismo, en su etapa de decadencia, es imposible
realizar precisamente por la existencia de la propiedad privada. Para la
humanidad la sed de beneficios capitalista implica ahora muchísimas más lacras
que ventajas: hambre, guerras, prostitución, mafia, desempleo masivo... La especialización
internacional del trabajo y la concentración de la producción a escala mundial
permitiría, con una economía planificada globalmente, satisfacer inmediatamente
las necesidades de la población de todo el planeta. Seguramente la producción de
carne de Brasil y Argentina, en pocos años, podría satisfacer las necesidades
de todo el planeta, por poner sólo un ejemplo. La enorme capacidad productiva
existente ahora se convierte bajo el capitalismo en una situación absurda: por
un lado millones de personas desempleadas y por otro, las que tienen la suerte
de trabajar, sobreexplotación salvaje. Todo eso para que una ínfima minoría
siga manteniendo su lujosa vida multimillonaria. Esta es la lógica del máximo
beneficio. En una economía mundial planificada, en la que se sacara partido de
la especialización alcanzada en los diferentes países y la capacidad productiva
global, lo que bajo el capitalismo se considera como un "exceso" de
producción, se convertiría en una satisfacción inmediata de las necesidades
básicas, la reducción inmediata de las horas de trabajo y el trabajo en
condiciones dignas para todo el mundo. La planificación de la economía sólo se
puede hacer efectiva con la expropiación de los grandes medios de producción y
de la banca, ahora en manos de los capitalistas. Según la teoría marxista,
todos los medios de producción serían propiedad de todos los trabajadores, con
independencia del puesto que cada trabajador, individualmente, ocupara en la
producción. La planificación tendría un criterio, un objetivo: incrementar
globalmente la calidad de vida de toda la humanidad, empezando por las
necesidades más inmediatas y continuando por las nuevas necesidades que
indudablemente surgirán en una sociedad de este tipo donde, por fin, el acceso
a la cultura y a la ciencia será masivo. La eficacia de la economía planificada
dependerá de dos factores: el control y la participación democrática de todos
en la gestión y toma de decisiones y también en el grado de centralización del
plan, es decir, de su capacidad de aprovechar los recursos existentes
considerando todas las ramas de producción de todos los países (o el máximo
posible de ellos). En lo económico, la concepción anarquista de la sociedad
futura es sustancialmente diferente. Proudhon proclamaba una sociedad en la que
los productores se asociaran libremente, mediante uniones voluntarias. A
diferencia de la sociedad socialista, la propiedad de los medios de producción
no pertenecería al conjunto de la clase obrera sino a los trabajadores que
directamente trabajan en dicha empresa, que pasaría a ser una comuna
independiente. A diferencia del capitalismo, una empresa dejaría de tener un
sólo propietario, el patrón, y tendría muchos propietarios individuales, los
trabajadores que en ella trabajan. De entrada, el problema de esta concepción,
que en esencia es una versión idealizada de la sociedad de pequeños productores
que precedió al capitalismo moderno, es que choca con el propio desarrollo que
ya han alcanzado las fuerzas productivas en la actualidad. Evidentemente sería
ridículo que funciones desarrolladas por corporaciones de dimensión
internacional, como las telecomunicaciones, el transporte aéreo, el
ferrocarril, la electricidad, tuvieran que pasar a escala comunal, con sistemas
propios e independientes. Este hecho demuestra hasta qué punto el sistema de
comunas es una utopía reaccionaria, un retroceso. Pero vayamos a la cuestión
esencial. Una vez expropiados los capitalistas ¿quién toma las decisiones y
bajo qué criterios? La respuesta que da el anarquismo a estas cuestiones viene
predeterminada por la idea de que en su modelo de sociedad no se puede delegar
decisiones que afecten al conjunto en ningún organismo, puesto que en este
mismo hecho reside el pecado del ‘autoritarismo'. El tipo de sociedad basado en
comunas, o unidades de producción autónomas, se desprende de criterios de tipo
moral. ¿Pero qué sucedería en la práctica? Sin un plan centralizado, que
determinara constantemente las necesidades globales de consumo y de producción
y la proporción entre las distintas ramas de la producción, el único medio por
el cual los productos llegarían a su destino sería a través del mercado. En el
mercado manda la ley de la oferta y la demanda e imprime una dinámica
determinada a la producción: la competencia, los cierres... Aquellos sectores
de la producción que fabriquen más de lo que el mercado pudiera absorber
necesariamente tendrían que cerrar o bajar los precios para competir,
disminuyendo los salarios. Por el contrario, aquellos trabajadores que tuvieran
la suerte de que sus productos fueran muy demandados podrían tener altos
salarios. Bajo el capitalismo el flujo de inversión tiende, anárquicamente, a
compensar estos desequilibrios. La inversión fluye hacia la producción de
mercancías en que la oferta es insuficiente con relación a la demanda y huye de
los sectores donde hay saturación. Estos procesos, que bajo el capitalismo son
traumáticos, pues implican cierres de empresas sin otra alternativa que el
desempleo, no tienen por qué producirse en una economía planificada donde se
pueda prever de antemano las necesidades. El exceso de mano de obra en un
sector puede redundar en la reducción de las horas de trabajo o en la
potenciación de nuevas ramas de producción. Inevitablemente las decisiones que
se tengan que tomar transcenderían los intereses particulares de tal o cual
sector de la producción, intereses que por otro lado ni siquiera tendrían por
qué existir dado que los trabajadores tendrían una conciencia verdaderamente
colectiva de la producción, ¡hecho que en gran medida ya existe bajo el
capitalismo! A un plan global inevitablemente corresponderían organismos
centrales, una banca pública única, un servicio de comunicaciones único, un
sistema de seguridad único, etc.
¿Con qué criterios
se tomarán las decisiones?
El todo no es la simple suma de las
partes. La sociedad socialista no sería la simple suma de fábricas
colectivizadas, es una combinación totalmente superior. En sustitución del
mercado es esencial la participación de la todos los trabajadores en todos los
aspectos de la economía y de la política. La causa del colapso de los países ex
estalinistas no fue la centralización de la economía -debido a los mezquinos
intereses nacionales de la burocracia de cada país fueron incapaces de llevar
adelante un plan verdaderamente internacional- sino la centralización
burocrática, en la que la toma de decisiones a todos los niveles de la
producción y la distribución, en una economía ya muy avanzada, se hacía entre
un puñado de burócratas sin la participación de los trabajadores. En una
economía socialista basada en la democracia obrera, cualquier descubrimiento
técnico que supusiese un ahorro del trabajo humano o una mejora de la calidad
de vida, automáticamente tendría aplicación generalizada. Eso no ocurre así en
el capitalismo porque en este sistema lo que prima es el beneficio individual e
inmediato. Los descubrimientos son más lentos porque la investigación se hace
en compartimentos aislados debido a la competencia entre las diferentes
multinacionales, interesadas en descubrir primero, y obtener así una ventaja
temporal. Incluso muchos descubrimientos tecnológicos no tienen aplicación
porque no son considerados rentables a corto plazo y porque a la burguesía le
resulta más ventajoso incrementar la productividad a costa del aumento de los
ritmos de trabajo o de las horas de trabajo, como de hecho está ocurriendo
ahora. Si finalmente los descubrimientos tecnológicos se incorporan a la
producción, el efecto que eso tiene en el capitalismo es el incremento del desempleo.
Es normal que bajo el capitalismo el trabajador esté totalmente desincentivado
y encuentre su trabajo totalmente rutinario. En una economía planificada, con
el desarrollo tecnológico que ya existe, con los avances en el terreno de la
comunicación y la informática, la participación de los trabajadores en los
procesos de producción y distribución sería más factible que nunca. Cualquier
descubrimiento en cualquier parte del mundo tendría una aplicación
generalizada, sin el estorbo de la competencia nacional, eso dispararía la
creatividad de los trabajadores, que dejarían de sentirse como un complemento
de la máquina que genera beneficios para otros. Todos los trabajadores
estaríamos verdaderamente interesados en el progreso técnico porque eso redundaría
inmediatamente en más tiempo libre, más calidad de vida. De esa manera se
avanzaría verdaderamente a una sociedad superior, socialista, en la que
gradualmente se podría hacer efectiva la idea de "a cada uno según sus
necesidades, de cada uno según sus posibilidades".
Las Fuerzas
productivas
El capitalismo ha desarrollado a lo
largo de su existencia las fuerzas productivas, la tecnología y el conocimiento
humano a una escala jamás alcanzada anteriormente. Objetivamente este
desarrollo permite acabar de una vez y para siempre con todos los problemas que
asolan a la mayor parte de la humanidad como son el hambre, las enfermedades,
el desempleo, etc. El obstáculo para que eso sea una realidad es la naturaleza
del sistema capitalista. El fin de la producción no es satisfacer las
necesidades sociales sino el afán individual de beneficios de los capitalistas.
Los problemas sociales no se derivan de la insuficiencia del desarrollo
económico sino de la propiedad privada de los medios de producción. La actual
fase del capitalismo es de declive y decadencia. ¡Es ya incapaz de explotar a
los explotados! El desempleo masivo unido a la generalización del empleo
precario y la incapacidad del sistema de garantizar el futuro a la actual
generación de jóvenes son, por sí mismos, una prueba de que el capitalismo ya
no sirve, que es un sistema socialmente caduco. Existe una alternativa al
capitalismo que es el socialismo, una sociedad basada en la planificación
consciente y racional de los recursos existentes en beneficio de todos. No hay
ningún obstáculo objetivo para que, partiendo del nivel de desarrollo actual,
se puedan reducir progresivamente las horas de trabajo, incrementar los
salarios y aumentar sustancialmente el nivel de vida y cultural de toda la
población de la Tierra. Sin embargo el capitalismo no cae por sí solo dando
lugar al socialismo. Sin la lucha organizada y consciente de la clase obrera el
capitalismo no desaparecerá. La contradicción más importante de la situación
actual es que las principales organizaciones de los trabajadores están
dominadas por el reformismo, que no tienen una alternativa al margen del
sistema capitalista. El hecho de que eso sea así se debe a que el proceso de
formación y consolidación de las direcciones de los partidos y sindicatos obreros
no refleja automáticamente las necesidades objetivas e históricas del
proletariado. Durante todo un periodo, tras la Segunda Guerra Mundial, el
capitalismo desarrolló las fuerzas productivas de forma espectacular en los
países capitalistas avanzados, haciendo posibles toda una serie de concesiones,
conseguidas con la lucha, pero que han dado un margen importante al reformismo.
La idea de que se podían conseguir mejoras sin salirse del marco capitalista
tenía una base material. Esas circunstancias empezaron a cambiar a partir de la
crisis capitalista de 1973. Desde entonces de forma paulatina la burguesía ha
lanzado un ataque contra todas las conquistas anteriores en el terreno de la
sanidad, educación, empleo, derechos laborales, libertades democráticas.
La lucha por las
reformas
La crisis del capitalismo es también
la crisis del reformismo, la crisis de las condiciones clásicas en las que el
reformismo tiene posibilidad de consolidarse. En la medida en que hay menos
margen de concesiones, el reformismo se transforma cada vez más, en la
práctica, en contrarreformismo. El hecho de que el dominio del reformismo se
prolongue más tiempo de lo que sería normal se debe a que la relación entre los
procesos políticos y económicos no son automáticos. El reformismo sin reformas
y los consiguientes pactos y manejos por arriba con la burguesía puede tener un
efecto desmoralizador entre los trabajadores en la medida en que no existe una
alternativa revolucionaria. La caída de participación en los sindicatos y
partidos obreros actúa como un balón de oxígeno para los dirigentes
reformistas, que se ven menos presionados por la base. La ausencia de una
alternativa revolucionaria con una influencia de masas en esas circunstancias,
tiene un doble efecto: por un lado facilita la influencia que tiene el
reformismo en las organizaciones obreras y por otro lleva a un sector de los
trabajadores y de la juventud hacia posiciones ultraizquierdistas. Ambos
fenómenos son dos caras de la misma moneda y están interrelacionados. Especialmente
entre la juventud eso facilita el surgimiento de pequeños grupos anarquistas o
semianarquistas cuyas ideas se basan en la lucha contra los
"partidos", contra los "dirigentes", en la indiferencia
entre "izquierda y derecha", etc. Esos fenómenos no son nada nuevos.
Sin embargo la existencia de sindicatos, partidos, dirigentes, izquierda y
derecha obedece a razones históricas y sociales muy profundas como para que
puedan desaparecer por muy mal que actúen sus dirigentes. La construcción de un
genuino partido marxista con influencia de masas, es la tarea central para
garantizar el éxito de la revolución; esto sólo puede hacerse sobre la base de
la defensa de un programa socialista consecuente junto con un método correcto
de aproximación a los trabajadores y a los jóvenes allí donde ellos se
encuentren. El reforzamiento de un movimiento revolucionario sólido no puede
hacerse sobre la base de un enfrentamiento sectario, sobre la base de insultos
hacia las organizaciones obreras y sus dirigentes. Los efectos de esos métodos
no hacen mella en la influencia de los dirigentes reformistas y en todo caso
les refuerza. Un movimiento revolucionario serio sólo tiene posibilidad de
disputar al reformismo su posición en el movimiento obrero y juvenil si es
capaz de demostrar que son los más consecuentes luchadores contra la burguesía
y contra el sistema capitalista. Pero eso no se consigue despreciando la lucha
reivindicativa por mejoras inmediatas, sino relacionándola con una perspectiva
más amplia y con unos métodos de lucha que pongan en evidencia ante los
trabajadores que los reformistas no quieren luchar ni tienen una alternativa.
Tampoco se consigue planteando reivindicaciones que no son parte de la
preocupación de la mayoría de los jóvenes y trabajadores, aunque puedan parecer
muy radicales. En el futuro es inevitable que se desarrollen luchas cada vez
más duras y masivas entre la burguesía y el reformismo actual, bastante
derechizado, que tendrá cada vez más dificultades para mantener su influencia y
su control sobre las organizaciones obreras. En el periodo que entramos es
inevitable que haya giros a la izquierda y desmarques por parte de determinados
dirigentes respecto a la política seguida hasta el momento. Eso tendrá enormes
efectos políticos en la conciencia de los trabajadores y los jóvenes, creará
muchas ilusiones y tarde o temprano se incrementará el nivel de participación
de los trabajadores y los jóvenes en la vida política. Eso se expresará
inevitablemente en las organizaciones obreras. La construcción de una
alternativa revolucionaria no se hace de un día para otro ni en base a cuatro
consignas, ni a cuatro fetiches organizativos. Es un trabajo paciente que
combina la intervención práctica con un estudio serio de todos los procesos
revolucionarios habidos a nivel internacional.
El papel de la
teoría
La teoría es una guía para la acción
y también es una condensación de toda la experiencia previa del movimiento
obrero. El desprecio a la teoría, a la política, no puede conducir a otra cosa
que a asumir inconscientemente una política y una teoría determinada. Ningún
modelo organizativo artificial, llámese horizontal o lo que sea, puede
sustituir a un programa y unos métodos revolucionarios correctos. El optimismo
y la confianza del marxismo en el futuro se basan en que la experiencia del
movimiento obrero le lleva necesariamente a conclusiones marxistas y
revolucionarias. Pero el ritmo de ese proceso no es un factor secundario, la
revolución no se produce al margen de la contrarrevolución, de ahí que el
desarrollo, la difusión y la organización de un movimiento marxista y
revolucionario sea en último término una cuestión decisiva. La podredumbre del
sistema capitalista no garantiza automáticamente su derrocamiento y su
sustitución por un sistema más justo y más próspero para todos. El marxismo
tiene el mérito de haber aportado al conocimiento humano un método de análisis
científico para comprender la historia y, muy particularmente, de haber elevado
a un nivel consciente la lucha de la clase obrera contra la explotación
capitalista. La historia de los últimos 200 años ha conocido innumerables
panaceas políticas que han tratado, cada cual a su modo, de salvar a la clase
obrera sin comprender la naturaleza de la misma ni del propio sistema
capitalista, al que condenan como una maldición producto del "egoísmo humano
y del deseo de acumular dinero". Para el marxismo, en cambio, la
existencia del capitalismo ha sido una etapa necesaria, e inevitable, en el
largo y espinoso camino de la humanidad hacia su auténtica liberación, aún con
todos sus crímenes y horrores. Sólo con un alto nivel de desarrollo de las
fuerzas productivas y de la cultura podrá erigirse una nueva sociedad digna de
ser llamada humana. El capitalismo, utilizando los eslabones dejados por las
sociedades humanas que quedaron atrás, ha creado las bases para erigir esta
sociedad. Sin estas bases, que comprenden el extraordinario desarrollo
alcanzado por la industria, la agricultura, los descubrimientos científicos,
las comunicaciones y la cultura, la humanidad continuaría vegetando en la
escasez y la mezquindad. "... Este desarrollo de las fuerzas productivas
(...) constituye también una premisa práctica absolutamente necesaria, porque
sin ella sólo se generalizaría la escasez y, por tanto, con la pobreza,
comenzaría de nuevo, a la par, la lucha por lo indispensable y se recaería
necesariamente en toda la inmundicia anterior" (Carlos Marx y Federico
Engels, La ideología alemana, pág. 36. Ed. Grijalbo). Mientras que en las
sociedades anteriores al capitalismo estaba justificada la existencia de una capa
minoritaria y ociosa de la población, que vivía del trabajo excedente producido
por la mayoría, para que dispusiera de tiempo para hacer ciencia, tecnología,
filosofía, cultivar las diversas artes, y así poder hacer avanzar la sociedad
sobre las espaldas de millones de hombres y mujeres explotados y oprimidos,
bajo la moderna sociedad capitalista ya no existe ninguna justificación para
que esto continúe así. Al igual que ocurrió con el sistema esclavista y con el
sistema feudal, el sistema capitalista, si bien ha jugado un papel
tremendamente revolucionario, se ha convertido ya en un sistema agotado, caduco
y obsoleto que amenaza con conducir a la humanidad hacia la barbarie, y al que
es preciso sustituir por un sistema social superior, el socialismo. El mercado
mundial El control asfixiante que ejercen a nivel mundial un puñado de grandes
monopolios, multinacionales y bancos para mantener los beneficios y privilegios
de unos cuantos grandes capitalistas se ha convertido en una pesadilla que
afecta la vida de millones de seres humanos en todo el mundo. Cada día mueren
30.000 niños de hambre, mientras que cien millones viven en la calle y 250
millones son obligados a trabajar. En contraste, las doscientas personas más
ricas del mundo superan los ingresos del 48% más pobre. Estos y otros datos
reflejan la injusticia y desigualdad en aumento que supone la llamada
globalización, que no es otra cosa que la organización del comercio y la
economía mundial al servicio de un puñado de grandes multinacionales
imperialistas. El 80% de la humanidad vive en condiciones de pobreza y miseria
crecientes. Si entre 1960 y 1970 la población que vivía con menos de un dólar
al día era de 200 millones de personas, hoy son 1.300 millones. 800 millones
padecen subalimentación crónica. En el polo opuesto, y según la propia ONU,
poco más de 200 personas en todo el mundo tienen en conjunto los mismos
ingresos que 3.000 millones de seres humanos. Entre 1960 y 1993 la parte de la
riqueza de los más ricos del planeta pasaba del 70% al 85%, y la del 20% más
pobre retrocedía del 2,3% al 1,4%. 100 millones de niños viven en la calle y
hay más de 250 millones de niños a los que se obliga a trabajar. La carga de la
deuda de los países más pobres representa el 94% de su producción económica
global, aunque en algunos casos llega al 125%. En 1980 la deuda total de los
países subdesarrollados era de 600.000 millones de dólares, en 1990 era de 1,4
billones y en 1997 era de 2,7 billones de dólares. En siete años la deuda ha
aumentado en ¡770.000 millones de dólares!. En este mismo período los países
subdesarrollados, han pagado 1,83 billones de dólares en concepto de pago de
servicios de la deuda: por cada dólar recibido en concepto de ayuda, los países
del Tercer Mundo han reembolsado once en servicio de la deuda. Y la situación
no ha hecho más que empeorar hasta el día de hoy. Los últimos veinte años se
han caracterizado no sólo por la polarización de la riqueza entre los países
desarrollados y los subdesarrollados (Norte y Sur), sino también por la enorme brecha
abierta entre ricos y pobres. La pobreza ya no es exclusividad del mundo
subdesarrollado: en Europa hay 57 millones de pobres y en EEUU 38 millones.
Entre los tres magnates de Microsoft tienen más dinero que todo el presupuesto
gastado por EEUU en programas para erradicar la pobreza y la marginalidad. Por
otro lado, la aparición del desempleo masivo está minando las bases estables,
las reservas sociales que se crearon tras la II Guerra Mundial en los países
capitalistas. Según las cifras oficiales de la ONU, el desempleo mundial
alcanza a 120 millones de personas, pero otras estimaciones independientes
sitúan el desempleo real en cerca de 1.000 millones. Pero este desempleo no es
paro cíclico, ni se puede definir como el ejército de reserva que en tiempos de
recuperación económica es absorbido. Se trata de desempleo estructural, que
permanece en las épocas de boom y aumenta en la recesión de la economía. El
capitalismo es un sistema social condenado por la historia. Las guerras, las
enfermedades que asolan países enteros, el hambre o los desastres ecológicos no
sólo no disminuyen sino que aumentan año tras año. Incluso en los países
capitalistas más desarrollados estamos viendo cómo desaparecen conquistas
históricas de las familias trabajadoras que costaron años conseguir,
instalándose por todas partes la precariedad en el empleo, largas jornadas de
trabajo y una sensación de incertidumbre ante lo que nos depara el futuro.
La clase obrera
Como hizo la burguesía en su juventud
contra el feudalismo, corresponde ahora a la clase obrera dirigir la lucha
contra este sistema y sus sostenedores. La burguesía no puede existir sin la
clase obrera, pues su riqueza depende de la explotación de la fuerza de
trabajo. Es en ese sentido que Marx planteó que la burguesía creó a sus propios
sepultureros. Lejos de la fantasía de los académicos y plumas pagadas de la
burguesía acerca de la supuesta "inexistencia" de la clase obrera,
está llamada a ser la sepulturera del sistema capitalista. Su papel en la
producción capitalista y sus particulares condiciones de vida y trabajo hacen
que ninguna otra clase o capa oprimida de la sociedad pueda sustituirla en esa
tarea. Las clases medias, por su heterogeneidad, modo de vida y papel en la
producción, están orgánicamente incapacitadas para comprender la auténtica
naturaleza del sistema capitalista. Debido a su posición en la sociedad y su
trabajo aislado, no se enfrentan a un enemigo de clase directo. Todos sus males
parecen provenir de la incapacidad o de la mala voluntad de los gobernantes, o
de la cólera divina. Los obreros, en cambio, ven la fuente de sus males en su
patrón, que es el que les baja el salario, el que les obliga a echar horas
extras, el que les explota y el que les despide. Para defenderse necesitan de
la máxima unión entre todos los compañeros de trabajo, de aquí su mentalidad
solidaria, colectiva y anti individualista. Sus propias condiciones de trabajo
refuerzan esta mentalidad. Todo proceso productivo necesita, para funcionar, la
implicación de todos los obreros de la empresa. Cada uno de ellos es un eslabón
necesario en el proceso productivo. Esa interdependencia mutua en el proceso de
trabajo refuerza dicha mentalidad colectiva. La lucha de los trabajadores de
cualquier empresa pone de manifiesto una ley muy importante de la dialéctica:
el todo es mayor que la suma de las partes. La fuerza combinada de los obreros
en una empresa luchando por los mismos intereses es muchísimo mayor que la
presión aislada de cada uno de ellos, que es la situación en que se coloca el
pequeño burgués de clase media. El socialismo es la ideología natural de la
clase obrera. Cuando la lucha de los obreros contra el patrón de su empresa
llega a su punto más agudo, se producen ocupaciones de empresas o se retienen a
los directivos en su interior. En esos momentos es cuando se pone de manifiesto
"quién manda aquí". La idea de expropiar al patrón y el sentimiento
de que la empresa debe ser de propiedad común entre los trabajadores nace, en
un momento determinado, como un desarrollo natural de su conciencia. La idea de
la propiedad común nace de su condición obrera. Para que la empresa pueda
seguir funcionando, no se puede dividir en trozos y repartir entre los
trabajadores, sino que debe mantenerse unida trabajando todos en común. También
toda huelga general pone sobre la mesa, pero a un nivel superior, "quién
manda aquí", y la identidad de intereses de clase entre todos los sectores
de la clase obrera. Más aún en una situación revolucionaria. La propia división
del trabajo en la economía capitalista, y la interrelación de todos los
sectores económicos entre sí, hace extender esta misma idea para el conjunto de
las fuerzas productivas. De ahí que la expropiación de toda la clase
capitalista, y su control y dirección en común por toda la clase obrera,
representa sólo una generalización sacada de la experiencia de los obreros con
cada empresa particular. Las propias condiciones de vida que crea el
capitalismo, establecen las bases para la futura sociedad socialista. Mientras
que en la vieja economía agraria cada familia tenía su casa, su pozo, sus
propios medios de hacer lumbre, de alimentarse y vestirse, y sus condiciones de
vida particulares, hoy las familias obreras viven en común (ciudades, barrios y
edificios comunes), con un sistema de electrificación, de conducción de aguas,
de telefonía, de transporte público, y de adquisición de medios de consumo,
comunes. Todo esto refuerza aún más esa mentalidad antiindividualista y
socialista en la conciencia de las familias obreras.
Internacionalismo proletario
El capitalismo es un sistema mundial.
La división del trabajo establecida por la economía capitalista a lo largo y
ancho del planeta liga indisolublemente los países y los continentes unos con
otros. Ningún país, ni siquiera los más poderosos y desarrollados pueden
escapar al dominio aplastante del mercado mundial. Los Estados nacionales,
igual que la propiedad privada de los medios de producción, se han convertido
en obstáculos formidables que estorban el desarrollo de las fuerzas
productivas. Ambos son los causantes de las crisis económicas, de las guerras y
de los odios nacionales entre los diferentes pueblos. Su eliminación es la
condición básica para comenzar a solucionar los problemas y las calamidades que
la humanidad tiene ante sí. La clase obrera es una clase mundial. El mismo tipo
de explotación, los mismos problemas y los mismos intereses ligan a la clase
obrera en todo el mundo. El internacionalismo proletario, que se ha puesto de
manifiesto incontables veces en más de 150 años de explotación capitalista -con
la construcción en diferentes momentos de organizaciones obreras
internacionales y revolucionarias, así como en la solidaridad con la lucha
contra la explotación capitalista en innumerables países-, no es una mera
consigna de agitación sino la base imprescindible para unificar la lucha de la
clase obrera mundial, para luchar por la transformación socialista de la
sociedad en todo el planeta, pues sólo a nivel mundial se dan las condiciones
para construir el socialismo. Las grandes empresas multinacionales y los
modernos medios de transporte y de comunicación unifican las fuerzas
productivas y relacionan a los seres humanos de una manera nunca vista antes en
la historia y permiten, por primera vez, planificar de manera armónica y democrática
los recursos productivos en interés de toda la humanidad, y no de un puñado de
parásitos y privilegiados como ha ocurrido hasta ahora. Una revolución
socialista triunfante en un solo país tendría efectos electrizantes en la
conciencia y en las perspectivas de los trabajadores de todo el mundo,
particularmente si se tratara de un país importante, y sería la antesala de la
revolución socialista mundial. Es verdad que en una época normal de la sociedad
capitalista no están todas estas ideas presentes en la conciencia de la mayoría
de la clase obrera. Para ello hace falta experiencia, una situación
revolucionaria que rompa la rutina y la inercia de la sociedad, y un partido
marxista con influencia entre las masas que ayude al conjunto de los
trabajadores a sacar las últimas conclusiones de dichas experiencias
revolucionarias. La enorme contribución de Marx y Engels a la causa de la clase
obrera no fue haber inventado una panacea social para acabar con la injusticia
en este mundo, sino haber comprendido y sacado a la luz los intereses
inconscientes que revelaba la lucha de la clase obrera contra la explotación
capitalista, para hacer así consciente a la clase obrera de los objetivos
históricos que se derivaban de esta lucha, los cuales sólo pueden concluir con
la transformación total de las relaciones de producción capitalistas y su
sustitución por unas nuevas relaciones de producción en el marco de una
sociedad socialista. Sólo con la desaparición de la propiedad privada y la
planificación en común de las fuerzas productivas creadas por el ser humano,
podrá avanzar la humanidad hacia su auténtica liberación, preservando las
conquistas que ha atesorado durante toda su historia en el terreno de la
tecnología, la ciencia, el pensamiento y la cultura, para elevarlas
indefinidamente.
Una alternativa
revolucionaria al capitalismo
Frente a esta explotación global
vemos también el desarrollo de una respuesta. Una movilización popular
creciente y cada vez más masiva empieza a extenderse por todo el mundo
dispuesta a plantar cara a las instituciones y multinacionales imperialistas.
Desde Seattle a Barcelona, pasando por Praga o Génova, las manifestaciones
contra esta globalización de la opresión al servicio de las multinacionales han
reunido a centenares de miles de jóvenes y también a sectores cada vez más
importantes y numerosos de trabajadores. Hemos asistido y asistiremos a
magníficas irrupciones de masas en nuestra América Latina. El fantasma de la
revolución recorre un país tras otro a ritmos extraordinarios. Argentina,
Venezuela, Bolivia, ..., México no es ni será la excepción. A condiciones
similares procesos similares. Es obligación de todo obrero consciente
prepararse teóricamente para los enormes acontecimientos a los que asistiremos
en este país. La huelga general demuestra en última instancia que el auténtico
poder en la sociedad capitalista reside en la clase trabajadora, sin cuyo
amable permiso sería imposible que funcionaran ni las fábricas, ni el
transporte, ni las minas, la enseñanza o los hospitales. La fuerza de los
trabajadores hoy es mayor que en ningún momento de la historia reciente, sin
embargo la contradicción es que su dirección está más alejada que nunca de
ofrecer un programa revolucionario y socialista. La tarea, pues, de los
sectores más conscientes de los trabajadores y la juventud es la de construir
esta dirección revolucionaria, empezando por forjar una fuerte tendencia
marxista en el seno del movimiento obrero organizado. La lucha debe continuar,
extenderse y -lo más importante- dotarse de una alternativa clara y
revolucionaria a las políticas explotadoras del capitalismo. Los marxistas
participamos en la lucha contra el capitalismo global como en la lucha de
clases, defendiendo en primer lugar que no se puede hablar de capitalismo y
globalización como de dos cosas distintas. Es un error plantear como eje de la
reivindicación un capitalismo más democrático, más humano, con más
proteccionismo económico..., y limitarse a poner controles a los movimientos de
capital o defender una distribución más justa de la riqueza dentro de este
sistema (con medidas como la Tasa Tobin) como plantean algunos dirigentes de
ATTAC y otras organizaciones. Bajo un sistema como el capitalismo, basado en la
propiedad privada de los medios de producción y la búsqueda del máximo
beneficio, la división internacional del trabajo entre los distintos países o
la mundialización de los intercambios comerciales y los movimientos de capital
no pueden realizarse nunca en beneficio de la mayoría de la sociedad sino de
una minoría cada vez más reducida y parásita. Tampoco podemos tener como
horizonte la democratización de instituciones imperialistas como el FMI, BM,
OMC o la propia ONU. Los capitalistas han creado dichas instituciones para
defender su sistema de explotación y oprimirnos, si dichas instituciones
dejaran de serles útiles para explotarnos se dotarían de otras nuevas para
ejercer su dominio. En nuestra opinión la alternativa debe ser acabar con el
capitalismo y expropiar a las multinacionales, la banca y los terratenientes,
poniendo toda esa riqueza creada con nuestro trabajo, que hoy se embolsan unos
pocos, bajo el control democrático de todos los trabajadores y explotados. Ello
permitiría planificar democráticamente la economía y hacer posible un orden
económico internacional socialista, justo y solidario en el que los recursos se
empleen no en función del interés privado de las multinacionales sino de las
necesidades económicas, sociales, culturales y medioambientales de la mayoría
de la humanidad. Una sociedad socialista, donde la democracia fuera una
realidad tangible, totalmente diferente a la actual dictadura del capital o a
los regímenes estalinistas, donde una casta burocrática de funcionarios
utilizaban el nombre del socialismo para defender sus privilegios materiales.
Otro mundo es
posible, sí, pero sólo en una sociedad socialista
Los trabajadores, sindicalistas y
jóvenes que participamos en El Militante, estamos empeñados en la tarea de
construir un fuerte movimiento marxista de masas, en llevar las ideas de la revolución
socialista al seno de las organizaciones de los trabajadores para agrupar a
miles de luchadores en torno a la bandera y el programa del socialismo. Si
estás en contra de la barbarie capitalista, si te opones a las agresiones
imperialistas, si luchas por un mundo socialista liberado de opresión y basado
en la democracia directa, si estas a favor del internacionalismo proletario,
lucha con nosotros. ¡Únete a los marxistas de Militante! ¡Contra los
ataques de la derecha y el capitalismo: ni pactos, ni consensos! ¡Defender
nuestros derechos sólo es posible con la lucha organizada! ¡Contra la opresión
capitalista, por el Socialismo!







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