Juan Rulfo

De Pedro Páramo: “¿La ilusión? Eso cuesta caro. A mí me costó vivir más de lo debido”

Iztapalapa

Con un total de un millón 827 mil 868 habitantes, según el INEGI, Iztapalapa es además de la más grande en territorio, con una extensión de 117 kilómetros cuadrados, la alcaldía más poblada de la CDMX.

On the Road

Jack Kerouac, de On the road: “No sabía a donde ir excepto a todas partes”.

Rumble Fish

The motorcycle boy reigns.

En defensa del marxismo

León Trotsky: La concepción marxista de la necesidad histórica no tiene nada que ver con el fatalismo. El socialismo no se va a realizar "por sí mismo", sino que será el resultado de la lucha de fuerzas vivas, clases y partidos..

viernes, 17 de abril de 2026

#SendBarron y la Furia Épica

 #SendBarron y la Furia Épica:

La guerra: Beneficios para los capitalistas a cambio del sacrificio de la juventud trabajadora.

 


 “…conocemos a nuestros enemigos: no son los jóvenes alemanes, sino quienes nos explotan en casa. La tarea de la juventud alemana es ajustar cuentas con la clase dominante. Nuestra labor en casa es derrocar el sistema capitalista y establecer el poder obrero en Gran Bretaña”.

(Ted Grant, 1940: “Nuestra guerra es la guerra de clases”)

 Luis Enrique Barrios.

Decadente y en el marco de un capitalismo mundial declinante, el imperialismo yanqui se lanza a una nueva aventura bélica pretendiendo la recuperar el control absoluto sobre Oriente Medio, parcialmente perdido ante una mayor influencia en la región tanto de Rusia como de China, nación esta última que incluso amenaza con desplazarle como principal potencia económica.

La lucha por el mercado mundial.

Para el capitalismo yanqui, en momentos en el que ya da serias muestras de agotamiento (entre 1950 y 2025 su industria pasó de representar el 60% del PIB mundial a ocupar apenas el 15%) y ante lo que se prevé como una futura crisis energética, (con 20 millones de barriles diarios EEUU es el principal productor mundial de petróleo, sin embargo, sus reservas probadas representan un abasto seguro de ente apenas 6 y 10 años), resulta clave apuntalar su posición de dominio sobre Oriente Medio, a la vez de fortalecer a su principal punto de apoyo en la región, Israel, dada la enrome impopularidad de la corruptas monarquías árabes, frágiles ante el descontento popular.

Es la lucha por el mercado mundial y por las materias primas lo que mueve la sangrienta agenda del imperialismo y del sionismo contra Oriente Medio y ninguna otra razón humanitaria o mesiánica espuriamente argumentada por Trump y Netanyahu tratando de justificar su sangrienta ofensiva en curso contra los pueblos de Irán y Líbano.

El sangriento saldo de la operación “Furia épica” iniciada por los EEUU, e Irán el pasado 28 de febrero ya supera los 3 mil muertos en Irán (entre ellas las de aproximadamente 200 niñas tras el bombardeo de su escuela) y los 2 mil en Líbano. Y si bien el pueblo palestino no es un objetivo formal de “Furia épica”, ello no impide que todos los días se registren masacres a cargo del ejército sionista de Israel en la Franja de Gaza y en Cisjordania,

Resistencia iraní.

A pesar del revés de la “Guerra de 12 días” (en los hechos una derrota parcial y temporal para el imperialismo yanqui e Israel), Trump pensó que un salvaje bombardeo de apenas unos días rápidamente pondría de rodillas al Estado Islámico. Sin embargo, los cálculos fallaron y ahora, mes y medio de “Furia épica”, el imperialismo yanqui no sólo atestigua en tiempo real la forma en que Israel es sometido al peor castigo de toda su historia, sino que además ha tenido que ver la manera en que buena parte de sus bases y logística militar en la región es destruida, todo ello significando el enrome riesgo de que el conflicto militar termine por extenderse a todo Oriente Medio, poniendo en peligro la estabilidad de las monarquías árabes. Todo ello al mismo tiempo que, tras el bloqueo del Estrecho de Ormuz por Irán, la economía mundial está experimentado peligrosas sacudidas a consecuencia de la escalada de los precios del petróleo, el cual ya ha tocado picos superiores a los 120 dólares por barril.

Así, tras seis semanas de combates y ante el estrepitoso fracaso de las negociaciones de paz en Pakistán (derivando ello el bloqueo naval del Golfo Pérsico por los EEUU) el conflicto amenaza con forzar el empleo de tropas terrestres sobre Irán, lo cual derivaría en un baño de sangre significativamente superior al visto hasta el momento.

Ya antes de las frustradas negociaciones en Pakistán, Trump ya había reforzado con entre 3 mil y 4 mil miembros de la 82ª División Aerotransportada a los ya casi 50 mil soldados desplegados en sus diferentes bases militares en Medio oriente.

#SendBarron.

Hasta el momento, oficialmente los EEUU admite sólo 13 soldados muertos de entre sus fuerzas, aunque Irán habla de entre 300 y 500 bajas mortales del ejercito yanqui. Sin embargo, no es de nada descartable que Trump esté maquillando el número de bajas dado el enorme costo político que ello pudiera tener para su ya de por sí desacreditada administración.

Si bien no es posible definir de antemano cuántas bajas, entre muertos y heridos, podría significar para los EEUU una incursión terrestre sobre Irán, lo cierto es que no resulta difícil señalar que el saldo será tan sangriento que no podrá ser ocultado por el Pentágono. Un parámetro para hacernos de una idea de lo que podría pasar es el caso de Irak, país significativamente más débil que Irán, mismo que le exigió a los EEUU casi una década de guerra (2003-2011) junto con la vida de 4 mil 500 de sus soldados, además de30 mil heridos.

Ante una eventual sangría, renacen en la memoria histórica de la clase trabajadora de todo el mundo, en especial en un EEUU, fundando temores sobre el más que amargo costo de las guerras sobre la juventud trabajadora, pues la historia le ha dado duras lecciones a este respecto: En la I Guerra Mundial (1914-1918) aproximadamente 116 mil soldados de los EEUU, perderían la vida (prácticamente todas ellas en un año dado que EEUU entró al conflicto en 1917), y en la segunda guerra (1939-1945) esa cantidad superó las 416 mil vidas perdidas en combate.

Sin embargo, de acuerdo con datos provenientes de los archivos del Servicio de Investigación del Congreso de los Estados Unidos (Congressional Research Service - CRS), el belicismo yanqui se intensificó desde 1945 a la fecha, lapso en el que dicha nación ha iniciado o intervenido en más de 200 guerras o acciones militares de diferente escala. Y, en lo que a soldados muertos corresponde durante todos esos años, considerando sólo los conflictos más trascendentes (Corea, de 1950 al 53; Vietnam, de 1961 al 75; la Guerra del Golfo, de 1990 al 91; Irak, de 2003 al 11; y Afganistán, de 2000 al 21), la cifra escala hasta las entre 100 mil y 110 mil vidas perdidas de soldados yanquis.

En todos esos casos, al igual que lo fue en la primera y la segunda guerra mundial, casi la totalidad de las tropas yanquis en guerra ha sido integrada por jóvenes en edades que entre 18 y 26 años de edad, de familias pobres o con ingresos que las sitúan en el rango más bajos de la llamada clase media.

Así, y ante la posibilidad de que la criminal guerra contra Irán exija el sacrificio masivo de soldados de EEUU, la preocupación de la clase trabajadora y de la juventud de dicho país ya se hizo patente por medio de la más que nutrida movilización contra Trump del pasado 28 de marzo, considerada la más masiva en la historia del capitalismo yanqui. Además, el repudio contra la guerra se ha hecho patente por medio de una campaña que se transformó en tendencia en redes social, #SendBarron, en la que se demanda, ante las ambiciones imperialistas sobre Oriente Medio, que en todo caso se mande al frente de combate a los hijos de la clase dominante, empezando por Barron Trump.

En lo que corresponde a la juventud de las familias ricas, los datos demuestran una participación marginal en las diferentes guerras de EEUU (entre 2 y 5%) además, de que, en todo caso, esta ha sido en cargos que no ponen en peligro sus vidas y que los mantienen al margen del campo de batalla.

Ello, gracias a los privilegios de clase con lo que cuentan: influencias en las altas esferas del Estado, estudios universitarios que justifica su ubicación en responsabilidades de poco o escaso riesgo o de plano evadir el reclutamiento obligado (cuando lo existía) pagando caros sobornos y costosas triquiñuelas, tal como fue el caso de propio Donald Trump quien evadió el reclutamiento para ir a la guerra de Vietnam, primero logrando cuatro “aplazamientos estudiantiles” mientras cursaba estudios universitarios y, después, ya graduado, logrando la exención definitiva al obtener un certificado médico que lo declaraba no apto físicamente para el servicio militar.

El negocio de la guerra.

Para el imperialismo la guerra significa una poderosa palanca para obtener materias primas baratas y un mayor dominio en el mercado mundial, pero además representa una oportunidad para hacer negocios.

La guerra con España de 1898 le permitiría a los EEUU pasar de ser una nación continental a una con posesiones coloniales en ultramar (Filipinas, Cuba, Puerto Rico, etcétera), para después, tras la primera y la segunda guerra mundial, trasformase y consolidarse en la principal potencia imperialista de la historia del capitalismo.

Sin embargo, los réditos del belicismo yanqui no se quedaron ahí ya que se extendieron a su rentable industria militar, misma que vio crecer sus utilidades entre el 100 y 120% en los años que fueron de 1915 a 1918, para después logrando un porcentaje similar entre 1940 y 1944. Y en los casos de Corea y Vietnam las ganancias se aproximaron al 80 y 50%.

Y en el caso de los años recientes, el crecimiento total del complejo militar-industrial de EE. UU. de 2022 y 2025 se estima entre los 35 mil a los 45 mil millones de dólares. Además, la actual administración de Trump se ha fijado como meta para 2027 aumentar el gasto público en defensa en un 50%, lo cual, de lograrse, sumaría 1.5 billones de dólares, representando ello una cifra récord en la historia del militarismo yanqui.

“Horror sin fin…”

Lenin, el gran revolucionario ruso, caracterizó al capitalismo como “horror sin fin”, es decir, una sociedad que sólo le puede ofrecer hambre, miseria, explotación y guerras al ser humano.

La historia del capitalismo es, además, la historia del casi permanente estado de guerra. Si bien a lo largo de este texto hemos ilustrado el caso de los EEUU en el siglo XX, otro ejemplo que apoya la anterior aseveración es el del Imperialismo Británico un siglo antes, periodo en el que se estima que este último participó en aproximadamente 120 guerras coloniales.

Siguiendo con el recuento de sangre, de acuerdo con el portal del Imperial War Museums , “se estima que 187 millones de personas murieron a causa de la guerra desde 1900 hasta la actualidad”.

Y en lo que corresponde al periodo actual, de acuerdo con el Institute for Economics and Peace en su Índice de Paz Global, en 2023 se mantenían 56 guerras activas en todo el mundo, generando ello “162.000 decesos, la segunda cifra más alta de los últimos 30 años”.

Decadencia capitalista y guerra.

La decadencia del imperialismo yanqui no es más que la expresión de la propia decadencia del capitalismo mundial: mientras que entre 1948 y 1971 la producción mundial creció un promedio anual del 5.6%. Y ahora, tras cerrarse ese periodo en el marco del boicot petrolero de la OPEP, ese mismo índice de crecimiento se ha mantenido largamente por debajo de la mitad respecto al pasado, ubicándose en un promedio anual de entre el 1.6% y el 2.4% en lo que va de 1973 a 2024.

Y a mediano plazo, no existen visos de que las cosas mejoren. Incluso el propio FMI, evaluando las perspectivas economías para los próximos años, ya hablan de la “nueva mediocridad”, término acuñado por dicho organismo para describir un periodo prolongado de bajo crecimiento económico mundial, alta deuda y productividad estancada.

Todo ese panorama es el que estimula las tensiones entre las grandes potencias económicas en la disputa del mercado mundial, mismas que, al llegar a un punto crítico, hacen necesario para los bandos en disputa el uso de las armas para luchar por sus objetivos ya sea de manera directa o a través de otras naciones, e incluso por medio de bandas armadas de criminales para despojar de sus tierras y recursos naturales a los pueblos originarios, tal como sucede en África, por ejemplo.

De acuerdo con el informe de la ONU, “Las mujeres y la paz y la seguridad” actualmente existen 170 conflictos armados en todo el mundo, siendo este el registro más alto desde la segunda guerra mundial. Llama la atención que dicha conflictividad alcanzó esa cifra tras el incremento que experimento del 54% de 2010 a la fecha, es decir, después del colapso financiero mundial del 2008.

El panorama es francamente desolador para la humanidad bajo el capitalismo, el cual, dadas esas condiciones, objetivamente está imposibilitado para ofrecer paz y estabilidad duradera, junto con desarrollo y bienestar, al conjunto de la humanidad, sino todo lo contrario.

“Nuestra guerra es la guerra de clases”

La guerra en Irán no es un hecho aislado y está lejos de ser un fenómeno que se explique por la simple soberbia extrema de Trump. Más bien, se trata de la expresión de un ambiente general largamente incubado por las contradicciones del capitalismo a escala mundial y del cual brotan conflictos como el de Nagorno Karabaj (2020-2023), que enfrentaría a Azerbaiyán y Armenia; el del Dómbas entre Rusia y Ucrania, en curso desde 2022; la criminal ofensiva de Israel contra Gaza iniciada en octubre de 202, o la guerra entre Pakistán y Afganistán, en curso también, por citar algunos ejemplos.

Lamentablemente para la humanidad, las contradicciones que generaron dicho contexto, lejos de solucionarse, encierra condiciones para recrudecerse y prolongarse en el tiempo.

De ahí que, en el caso concreto de Irán, cualquier acuerdo de cese de las hostigados por el medio que sea, tendrá un efecto temporal, tal como se demostró tras la finalización de la “Guerra de los 12 días” de junio del 2025. En los hechos, el imperialismo ha trasformado a Medio Oriente en un barril de pólvora que provocará, más temprano que tarde, nuevas tensiones y estallidos militares en la región.

La guerra es un negocio que sólo beneficia al gran capital, en la cual la clase trabajadora sólo pone los muertos y los más ricos reciben las ganancias. Bajo el capitalismo es imposible que la historia sea diferente.

Por tanto, el camino de la clase trabajadora de todo el mundo no es el de atarnos a los intereses mezquinos de las respectivas burguesías nacionales, ni a su hipócrita patrioterismo. Los trabajadores de otras naciones no son nuestros enemigos y sí, por el contrario, son nuestros hermanos de clase. Somos los que generamos la riqueza social en todo el mundo, y por igual, somos a quienes los capitalistas en cada país nos arrebatan el producto de nutro trabajo para enriquecerse.

Por consecuencia, el enemigo en común son la burguesía y el capitalismo. Nuestra guerra no es la guerra entre naciones, es la guerra entre clase sociales. Y la huelga, la movilización masiva en las calles y la organización en partidos y sindicato de clase, así como un programa internacionalista contra el capitalismo, son nuestras armas más poderosas.

Por ejemplo, por eso luchamos por una federación socialista para Oriente Medio como única salida a la violenta crisis que por décadas se vive en la región. Es tarea de la clase obrera de la región, incluida la de Israel, derrocar a las corruptas monarquías árabes, derrotar al reaccionario régimen de los ayatolas y acabar con el cáncer del sionismo. Todo ello con el apoyo solidario y objetivo de los trabajadores de todo el mundo.

Pero también, por hablar de otro ejemplo, es tarea de la poderosa clase trabajadora de los EEUU poner un freno definitivo a la voracidad del imperialismo yanqui, tomando las riendas de la aún economía más importante del planeta bajo la dirección de una democracia obrera.

Como lo demuestra la historia de los dos últimos siglos y medio, bajo el capitalismo no puede existir una paz verdadera, entendida esta como la inexistencia de conflictos armados y el desarrollo pleno de la humanidad en su más amplio sentido.

sábado, 23 de agosto de 2025

Che Guevara: Lo que aprendimos y lo que enseñamos

 


Che Guevara

Lo que aprendimos y lo que enseñamos

(1° de enero de 1959)

En el mes de diciembre, mes del Segundo Aniversario del desembarco del «Granma», conviene dar una mirada retrospectiva a los años de lucha armada y a la larga lucha revolucionaria cuyo fermento inicial lo da el 10 de Marzo, con la asonada batistiana, y su campanazo primero el 26 de Julio en 1953, con la trágica batalla del Moncada.

Largo ha sido el camino y lleno de penurias y contradicciones. Es que, en el curso de todo proceso revolucionario, cuando éste es dirigido honestamente y no frenado desde puestos de responsabilidad, hay una serie de interacciones recíprocas entre los dirigentes y la masa revolucionaria. El Movimiento 26 de Julio, ha sufrido también la acción de esta ley histórica. Del grupo de jóvenes entusiastas que asaltaron el Cuartel Moncada en la madrugada del 26 de Julio de 1953, a los actuales directores del movimiento, siendo muchos de ellos los mismos, hay un abismo. Los cinco años de lucha frontal, dos de los cuales son de una franca guerra, han moldeado el espíritu revolucionario de todos nosotros en los choques cotidianos con la realidad y con la sabiduría instintiva del pueblo. Efectivamente, nuestro contacto con las masas campesinas nos ha enseñado la gran injusticia que entraña el actual régimen de propiedad agraria, nos convencieron de la justicia de un cambio fundamental de ese régimen de propiedad; nos ilustraron en la práctica diaria sobre la capacidad de abnegación del campesinado cubano, sobre su nobleza y lealtad sin límites. Pero nosotros enseñamos también; enseñamos a perder el miedo a la represión enemiga, enseñamos la superioridad de las armas populares sobre el batallón mercenario, enseñamos, en fin, la nunca suficientemente repetida máxima popular: «la unión hace la fuerza».

Y el campesino alertado de su fuerza impuso al Movimiento, su vanguardia combativa, el planteamiento de reivindicaciones que fueron haciéndose más conscientemente audaces hasta plasmarse en la Ley n° 3 de Reforma Agraria de la Sierra Maestra recientemente emitida.

Esa Ley es hoy nuestro orgullo, nuestro pendón de combate, nuestra razón de ser como organización revolucionaria. Pero no siempre fueron así nuestras exposiciones sociales; cercados en nuestro reducto de la Sierra, sin conexiones vitales con la masa del pueblo, alguna vez creímos que podíamos imponer la razón de nuestras armas con más fuerza de convicción que la razón de nuestras ideas. Por eso tuvimos nuestro 9 de Abril, fecha de triste recordación que representa en lo social lo que la Alegría de Pío, nuestra única derrota en el campo bélico, significó en el desarrollo de la lucha armada. De la Alegría de Pío extrajimos la enseñanza revolucionaria necesaria para no perder una sola batalla más; del 9 de Abril hemos aprendido también que la estrategia de la lucha de masas responde a leyes definidas que no se pueden burlar ni torcer. La lección está claramente aprendida. Al trabajo de las masas campesinas, a las que hemos unido sin distinción de banderas en la lucha por la posesión de la tierra, agregamos hoy la exposición de reivindicaciones obreras que unen a la masa proletaria bajo una sola bandera de lucha, el Frente Obrero Nacional Unificado (F.O.N.U.), con una sola meta táctica cercana: la huelga general revolucionaria.

No significa esto el uso de tácticas demagógicas como expresión de habilidad política; no investigamos el sentimiento de las masas como una simple curiosidad científica, respondemos a su llamado, porque nosotros, vanguardia combativa de los obreros y campesinos que derraman su sangre en las sierras y llanos de Cuba, no somos elementos aislados de la masa popular, somos parte misma del pueblo. Nuestra función directiva no nos aísla, nos obliga. Pero nuestra condición de Movimiento de todas las clases de Cuba, nos hace luchar también por los profesionales y comerciantes en pequeño que aspiran a vivir en un marco de leyes decorosas; por el industrial cubano, cuyo esfuerzo engrandece a la Nación creando fuentes de trabajo, por todo hombre de bien que quiere ver a Cuba sin su luto diario de estas jornadas de dolor. Hoy, más que nunca, el Movimiento 26 de Julio, ligado a los más altos intereses de la nación cubana, da su batalla, sin desplantes pero sin claudicaciones, por los obreros y campesinos, por los profesionales y pequeños comerciantes, por los industriales nacionales, por la democracia y la libertad, por el derecho de ser hijos libres de un pueblo libre porque el pan de cada día sea la medida exacta de nuestro esfuerzo cotidiano.

En este segundo aniversario, cambiamos la formulación de nuestro juramento. Ya no seremos «libres o mártires»: seremos libres, libres por la acción de todo el pueblo de Cuba que está rompiendo cadena tras cadena con la sangre y el sufrimiento de sus mejores hijos.


 

Carta a un camarada sobre nuestras tareas organizativas

 


Carta a un camarada sobre nuestras tareas organizativas

Prefacio:

El texto de Lenin, “Carta a un camarada sobre nuestras tareas organizativas”, de 1902, justo antes del segundo congreso de la POSDR, en el período de su formación, fue necesario en un momento de la historia del partido especialmente delicados, en relación con la definición de su estructura interna.

 

La “Carta” se publica unos meses después de la publicación de “¿Qué hacer?”. Fue la respuesta a una carta del socialdemócrata de Petersburgo A. A. Shneyerson (Yeryoma), quien criticaba la organización del trabajo del partido en esa ciudad.

 

Lenin aprovecha la ocasión para volver atrás y explicar mejor lo que son, o deberían ser, relaciones internas y el funcionamiento del partido, describiendo de manera práctica y detallada su concepción del partido, más allá de la definición general que se puede contener en las tesis. El texto fue difundido en Petersburgo en el apogeo de la lucha contra los “economistas”. Fue mimeografiado, copiado a mano y repartido entre los socialdemócratas de la ciudad. En junio de 1903 se publicó ilegalmente en un folleto de la Liga Socialdemócrata de Siberia con el título de “Sobre el trabajo revolucionario en las organizaciones del POSDR (Carta a un compañero)”.

 

 

Carta a un camarada sobre nuestras tareas organizativas

(Septiembre de 1902)

Lenin

Querido camarada: Con placer le envío el juicio que me pedía acerca de su proyecto de Organización del Partido Revolucionario de San Petersburgo [Probablemente se refería usted a la organización de la labor del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia en Petersburgo]. El problema que plantea es tan importante que todos los miembros del Comité de San Petersburgo, y aún todos los socialdemócratas rusos en general, deben tomar parte en su discusión.

Conste, ante todo, que estoy completamente de acuerdo con usted cuando explica la ineficiencia de la antigua organización de la Unión (la “unionista” la llama usted). Señala usted la falta de una preparación seria y educación revolucionaria de los obreros avanzados, el llamado sistema electivo, que tan orgullosa y porfiadamente defienden los adeptos de Rabóchee Delo en nombre de los principios “democráticos”, y el hecho de estar apartados los obreros de todo trabajo activo.

Está en lo cierto: 1) la falta de una preparación seria y de educación revolucionaria (no sólo de los obreros, sino también de los intelectuales); 2) la aplicación inadecuada y abusiva del principio electivo, y 3) la no participación de los obreros en la intensa actividad revolucionaria son, efectivamente, los principales defectos de la organización de San Petersburgo y de muchas otras organizaciones locales de nuestro partido.

Hago mío por entero su punto de vista básico sobre las tareas organizativas y me adhiero también a su proyecto de organización en la medida en que puedo deducir de su carta los rasgos esenciales del mismo.

Para precisar, estoy por completo de acuerdo con usted en que conviene destacar en particular las tareas del trabajo a escala de toda Rusia y de todo el Partido en conjunto, usted lo expresa en el punto primero del proyecto en los siguientes términos: “El Centro dirigente del partido (y no sólo de un comité o de un distrito) es el periódico Iskra, que cuenta con corresponsales permanentes entre los obreros y mantiene estrecho contacto con el trabajo interno de la organización”.

Yo desearía señalar tan sólo que el periódico puede y debe ser el dirigente ideológico del partido, desarrollar las verdades teóricas, las tesis tácticas, las ideas generales de organización y las tareas generales de todo el Partido en uno u otro momento. Pero el dirigente práctico inmediato del movimiento sólo puede serlo un grupo central especial (llamémoslo, por ejemplo, Comité Central) que se enlace personalmente con todos los comités, que reúna en su seno las mejores fuerzas revolucionarias de todos los socialdemócratas rusos y rija todos los asuntos del Partido en general, tales como difusión de publicaciones, edición de octavillas, distribución de fuerzas, designación de personas y grupos para encabezar determinadas actividades, preparación de manifestaciones y de la insurrección en toda Rusia, etc.

Ante la necesidad de mantener la más rigurosa clandestinidad y de asegurar la continuidad del movimiento, nuestro Partido puede y debe tener dos centros dirigentes: el OC (Órgano Central) y el CC (Comité Central). El primero ejercerá la dirección ideológica y el segundo, la dirección inmediata y práctica.

La unidad de acción y la necesaria identificación entre estos grupos se asegurarán no sólo por el programa único del Partido, sino también por la composición de ambos grupos (es preciso que los dos, tanto el OC como el CC, estén integrados por personas totalmente compenetradas) y por la organización de reuniones conjuntas, regulares y constantes. Sólo así se logrará, por una parte, que el OC quede fuera del alcance de los gendarmes rusos, asegurando su firmeza y continuidad, y, por otra, que el CC se identifique siempre con el OC en todos los asuntos esenciales y disponga de suficiente libertad para ejercer la dirección inmediata de todo el aspecto práctico del movimiento.

Por eso convendría que el punto primero de los estatutos (con arreglo a su proyecto) no sólo señalara qué órgano del Partido se reconoce como dirigente (lo que, evidentemente, debe señalarse), sino también que cada organización local se asigna como tarea trabajar activamente en la creación, apoyo y consolidación de los organismos centrales sin los cuales nuestro Partido no puede existir como tal.

Más adelante, en el segundo punto, dice usted que el comité debe “dirigir la organización local” (tal vez sería mejor decir “toda la labor local y todas las organizaciones locales del Partido”, pero no me detendré en detalles de fórmula) y tiene que estar compuesto tanto de obreros como de intelectuales, pues separarlos en dos comités sería perjudicial. Esto es total y absolutamente cierto. El Comité del Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia debe ser uno solo y estar integrado por socialdemócratas plenamente conscientes, que se consagren por entero a la actividad socialdemócrata.

Hay que procurar, sobre todo, que el mayor número posible de overos lleguen a ser revolucionarios plenamente conscientes y profesionales y formen parte del comité (1). Tratándose de un comité único, y no doble, adquiere especial importancia el que sus miembros conozcan personalmente a muchos obreros. Para dirigir cuanto ocurre en los medios obrero hay que tener la posibilidad de llegar a cualquier lugar, hay que conocer a muchísima gente, todos los recovecos, etc., etc. Por eso deben formar parte del comité, en lo posible, los principales jefes del movimiento obrero, que sean overo ellos mismos; el comité debe dirigir todos los aspectos del movimiento local y tener a su cargo todos los organismos, fuerzas y recursos locales del Partido.

No se refiere usted a cómo debe formarse el comité; probablemente coincidamos también en que, sobre este particular, apenas son necesarias reglas especiales; la cuestión de cómo formar el comité incumbe a los socialdemócratas locales. Si acaso, bastaría con indicar que los nuevos miembros son cooptados por acuerdo de la mayoría (o de dos tercios, etc.) del comité, que éste deberá preocuparse de transmitir sus vinculaciones a un lugar de confianza (en el sentido revolucionario) y seguro (en el sentido político) y de preparar de antemano sus suplentes. Cuando tengamos un OC y un CC, los nuevos comités sólo habrán de formarse con su participación y su consentimiento.

El número de miembros del comité deberá ser, en lo posible, no muy grande (para que sea más alto el nivel de esos miembros y más completa su especialización en la profesión revolucionaria), pero, al mismo tiempo, suficiente para dirigir todos los aspectos de la labor y garantizar la representatividad de las reuniones y la firmeza de los acuerdos. Si el número de miembros fuese demasiado grande y el reunirse con frecuencia resultase peligroso para ellos, tal vez habría que designar dentro del comité otro grupo directivo especial, muy reducido (por ejemplo, cinco personas, incluso menos), del que debería formar parte sin falta, el secretario y las personas más capacitadas para llevar la dirección práctica de toda la labor en su conjunto. Para este grupo tendría singular importancia asegurarse suplentes, a fin de que el trabajo no se paralizara en caso de caídas. Las reuniones generales del comité ratificarían los actos del grupo directivo, determinarían su composición, etc.

 Prosigamos. Después del comité, propone usted, como subordinados a él, los siguientes organismos: 1) discusión (conferencia de los “mejores” revolucionarios; 2) círculos de distrito, con 3) un círculo de propagandistas adjunto a cada uno de ellos; 4) círculos de fábrica, y 5) “conferencias representativas” de delegados de los círculos de fábrica deldistrito correspondiente. Estoy completamente de acuerdo con usted en que todos los demás organismos (que tendrán que ser muchísimos y muy diversos, además de los que usted menciona) deben estar subordinados al comité y en que son necesarios grupos de distrito (apara las ciudades más grandes) y de fábrica (siempre y en todas partes).

Pero me parece que en algunos detalles no coincidimos por entero. Por ejemplo, en lo que se refiere a la “discusión”, creo que ese eslabón no es necesario en absoluto. Los “mejores revolucionarios” deben estar todos en el comité o cumpliendo funciones especiales (imprenta, transporte, agitación volante, organización, pongamos por caso, de una oficina de pasaportes, de un destacamento de lucha contra los espías y provocadores o de grupos en el ejército, etc.).

Se conferenciará tanto en el comité como en cada distrito y en cada círculo de fábrica, propagandístico, profesional (tejedores, mecánicos, curtidores y demás), estudiantil, literario, etc. ¿Qué falta hace un organismo especial para conferenciar?

Prosigamos. Usted, pide con toda razón que se conceda “a cuantos lo deseen” la posibilidad de mantener correspondencia directamente con Iskra. Pero “directamente” no debe entenderse en el sentido de que se les facilite el contacto con la redacción y sus señas “a cuantos lo deseen”, sino en el sentido de que deberán ser transmitidas (o enviadas) a la Redacción las cartas de cuantos lo deseen. Por lo que se refiere a las señas, es necesario darlas con bastante amplitud, pero no a cuantos lo deseen, sino solamente a los revolucionarios seguros y destacados por su habilidad en la labor clandestina: quizá, no a uno solo por distrito, como usted quiere, sino a varios; es necesario asimismo que cuantos participen en el trabajo, todos y cada uno de los círculos tengan derecho a poner en conocimiento, tanto del comité como del OC y del CC, sus acuerdos, deseos y peticiones. Si aseguramos eso, lograremos la plenitud de deliberación de todos los militantes del Partido sin necesidad de crear organismos tan farragosos y tan poco apropiados para la labor clandestina como las “discusiones”.

Está claro que hay que esforzarse asimismo por organizar contactos individuales del mayor número posible de dirigentes de todo tipo, más el quid de la cuestión está en observar las reglas de la clandestinidad. En Rusia no se pueden celebrar asambleas generales y reuniones más que de vez en cuando, como excepción, y hay que observar una extremada prudencia en cuanto a la admisión en esas reuniones de los “mejores revolucionarios”, pues, de ordinario, a un provocador le resulta más fácil infiltrarse en asambleas generales, y a un espía, seguir los pasos a alguno de los participantes.

Creo que lo mejor, tal vez, sería hacer así: cuando se puedan organizar grandes (digamos de 30 a 100 personas) asambleas generales (por ejemplo, en el bosque durante los meses de verano, o en un domicilio clandestino especialmente seleccionado), el comité podrá enviar a ellas a uno o dos de los “mejores revolucionarios” y preocuparse de que la reunión tenga una buena composición, o sea, por ejemplo, de invitar a ella al mayor número posible de miembros dignos de confianza de los círculos de fábrica, etc.

Pero no es necesario reglamentar estas reuniones, incluirlas en los estatutos, no hay que regularizarlas, no hay que dar lugar a que todo participante de la reunión conozca a los demás asistentes, es decir, sepa que todos son “representantes” de círculos, etc.; he ahí por qué soy contrario no sólo a las “discusiones”, sino también a las “asambleas representativas”.

En vez de estos dos organismos, yo propondría que se estableciera, más o menos, la siguiente regla. El comité se encarga de organizar grandes asambleas con el mayor número posible de personas que participan con su actividad práctica en el movimiento y de todos los obreros en general. La fecha, el lugar y el objeto de la reunión, así como su composición, los determinará el comité, que responderá por la clandestinidad de estos actos. Cae de su peso que esto no descarta en modo alguno que los propios obreros organicen reuniones menos reglamentadas durante los paseos, en el bosque, etc. Posiblemente sería mejor aún no hablar de ello en los estatutos.

En lo que se refiere a los grupos de distrito estoy completamente de acuerdo con usted en que una de sus tareas más importantes es organizar debidamente la distribución de publicaciones. Creo que los grupos distritales deben ser, en lo fundamental, intermediarios entre los comités y las fábricas, intermediarios e incluso primordialmente transmisores. Su tarea principal debe consistir en organizar clandestinamente una acertada distribución de las publicaciones recibidas del comité. Es una tarea de suma importancia, porque si se asegura el enlace regular del grupo especial de distribuidores del distrito con todas las fábricas y con el mayor número posible de viviendas obreras del distrito, eso tendrá también inmensa importancia para organizar las manifestaciones y para la insurrección.

Poner a punto, organizar la transmisión rápida y acertada de las publicaciones, octavillas, proclamas, etc., enseñar esta labor a toda una red de agentes, significa recorrer más de la mitad del camino en la preparación de las manifestaciones y de la insurrección en el futuro. En los momentos de agitación, de una huelga de efervescencias es ya tarde para organizar el reparto de propaganda: es algo a lo que sólo se puede avezar poco a poco, practicándolo necesariamente dos o tres veces al mes.

De no haber periódico, puede y debe hacerse lo mismo con octavillas, pero de ninguna manera hay que dejar que el aparato de distribución permanezca ocioso. Debe procurarse perfeccionar este aparato a tal grado que en una sola noche se pueda informar – y, por decirlo así, movilizar – a toda la población obrera de San Petersburgo. Y no se trata, ni mucho menos, de una tarea utópica, siempre y cuando se asegure desde el centro la distribución sistemática de octavillas a los círculos intermediarios más reducidos y, de ellos a los repartidores.

A mi juicio, no sería conveniente extender la competencia del grupo de distrito a otras funciones que las de simple intermediario y transmisor; o, más exactamente, convendría extenderla con extraordinaria cautela, porque esto sólo puede causar perjuicio a la clandestinidad y la integridad del trabajo. Naturalmente, también en los círculos de distrito se celebrarán conferencias sobre todos los problemas del Partido, pero será el comité, y sólo él, el que deberá resolver todos los problemas generales del movimiento local.

La autonomía de los grupos de distrito debería admitirse únicamente en cuestiones relacionadas con la técnica de transmisión y difusión. La composición del grupo distrital deberá determinarla el comité; o sea que el comité designará a uno o dos de sus miembros (o incluso personas que no lo sean) como delegados al distrito de que se trate y encargará a estos delegados de formar el grupo de distrito, todos los miembros del cual también deberán ser confirmados en sus cargos por el comité. El grupo de distrito es una sección filial del comité, cuyos poderes se derivarán exclusivamente de éste.

Paso ahora al problema de los círculos de propagandistas. No parece que sea posible organizarlos por separado en cada distrito, dada la escasez de propagandistas ni tampoco creo que sea conveniente. La propaganda debe hacerse en un mismo espíritu por todo el comité y es necesario centralizarla rigurosamente, razón por la cual concibo la cosa así: el comité encargará a varios de sus miembros que organicen un grupo de propagandistas (que será una filial del comité o uno de los organismos del comité). Este grupo, valiéndose en orden a las consideraciones de clandestinidad de los servicios de los grupos distritales, deberá hacer propaganda en toda la ciudad, en toda la localidad colocada bajo la “jurisdicción” del comité. Si fuera necesario, dicho grupo podrá formar también subgrupos, delegar, por así decirlo, tal o cual parte de sus funciones; pero todo ello a condición de que sea ratificado por el comité, el cual deberá tener, siempre e indefectiblemente, derecho a enviar un delegado suyo a cada grupo, subgrupo o círculo que tenga el menor contacto con el movimiento.

Según este mismo tipo de misiones, el mismo tipo de filiales del comité o de organismos del mismo, deben ser organizados todos los diversos grupos que presten servicio al movimiento: los grupos de estudiantes y liceístas, y, pongamos por caso, los de funcionarios públicos simpatizantes, así como los grupos de transporte, de imprenta, de documentos de identidad, los encargados de preparar domicilios clandestinos, los grupos de protección contra los espías, los grupos militares, los de suministro de armas, los grupos para la organización, por ejemplo, de “empresas financieras rentables”, etc.

Todo el arte de la organización clandestina debe consistir en saber sacar partido de todo y cada uno, en “dar trabajo a todos y a cada uno”, manteniendo al mismo tiempo la dirección de todo el movimiento y manteniéndola, por supuesto, no por la fuerza del poder, sino por la fuerza del prestigio, por la de la energía, de la mayor experiencia, de la mayor diversidad de conocimientos y del mayor talento.

Esta observación sale al paso de la posible y usual objeción de que la centralización puede muy fácilmente echarlo todo a perder si por casualidad se sitúa en el centro una persona dotada de un poder inmenso, pero incapaz. Claro está que esto puede ocurrir; pero el remedio contra ello no puede estar en la elegibilidad y la descentralización absolutamente inadmisible en proporciones más o menos amplias e incluso verdaderamente perjudicial para la labor revolucionaria bajo la autocracia. Los remedios contra ello no los proporcionarán estatutos de ninguna clase; sólo pueden proporcionarlos las medidas de “influencia camaraderil”, desde las resoluciones de todos cada uno de los subgrupos y sus subsiguientes apelaciones al OC ya al CC hasta (en el peor de los casos) el derrocamiento de la autoridad absolutamente inepta.

El comité debe esforzarse por dividir al máximo el trabajo, teniendo presente que los diferentes aspectos de la labor revolucionario requieren facultades distintas, que, a veces, un hombre completamente inútil como organizador puede resultar un agitador insustituible, o que un hombre incapaz de resistir los rigores de la actividad clandestina será un excelente propagandista, etc.

A propósito de los propagandistas, quisiera decir unas palabras más en contra del habitual abarrotamiento de esta profesión con personas poco capaces, a causa de lo cual se rebaja el nivel de la propaganda. A veces, entre nosotros se considera indiscriminadamente propagandista a cualquier estudiante, y todos los jóvenes reclaman que “se les confíe un círculo”, etc. Habría que luchar contra semejante práctica que suele acarrear mucho perjuicio. Son muy pocos los propagandistas con verdadera firmeza de principios y capacidad (y para llegar a serlo hace falta estudiar mucho y adquirir experiencia), y es preciso especializar a esos hombres, ocuparlos todo lo que puedan y cuidarlos al máximo. Hay que organizar varias conferencias a la semana para que intervengan en ellas, saber llamarlos a tiempo a otras ciudades y, en general, organizar giras de propagandistas capaces por diferentes ciudades.

En cuanto a la masa de jóvenes principiantes, hay que orientarla más bien a actividades de orden práctico, que entre nosotros suelen quedar en segundo plano en comparación con la peregrinación estudiantil por los círculos, a la que, de manera optimista, se ha dado en llamar “propaganda”. Está claro que para desempeñar serias tareas prácticas también se necesita una sólida preparación, pero, a pesar de todo, en este terreno es más fácil encontrar trabajo para los “principiantes”. Hablemos ahora de los círculos de fábrica.

Tienen para nosotros una importancia especial, ya que la fuerza principal del movimiento resido en el grado de organización de los obreros en las grandes fábricas, que es donde se concentra la parte predominante de la clase obrera, predominante no sólo en cuanto al número, sino también, y más aún, por su influencia, desarrollo y capacidad de lucha. Cada fábrica debe convertirse en una fortaleza nuestra. Y, para ello, la organización obrera “fabril” debe ser tan clandestina por dentro y tan “ramificada” por fuera, esto es, en sus relaciones externas, debe proyectar sus tentáculos tan lejos, y en las más diversas direcciones, como cualquier otra organización revolucionaria.

Recalco que, en este caso también, el núcleo y el dirigente, el “dueño”, debe ser necesariamente el grupo de obreros revolucionarios. Debemos romper del todo con la tradición de las organizaciones socialdemócratas de tipo puramente obrero o profesional, incluidos los centros “fabriles”. El grupo fabril o el comité de fábrica (para distinguirlo de los demás grupos, que deberán ser muchísimos) ha de estar integrado por un número muy reducido de revolucionarios, que reciben directamente del comité las misiones y los correspondientes poderes de conducir toda la labor socialdemócrata en la fábrica.

Todos los miembros del comité de fábrica deben considerarse agentes del comité, obligados a acatar todas sus órdenes y observar todas las “leyes y costumbres” del “ejército activo” en que se han enrolado y que, en tiempos de guerra, no tienen derecho a abandonar si permiso de los jefes. Por eso, la composición del comité de fábrica tiene inmensa importancia, y una de las preocupaciones primordiales del comité debe consistir en formar acertadamente estos subcomités.

Yo concibo esta labor del siguiente modo: el comité encarga a algunos de sus miembros (más, supongamos, que tal o cual obrero que no forma parte del comité por uno u otra razón, pero que puede ser útil por su experiencia, su conocimiento de la gente, su inteligencia y sus contactos) que organicen en todas partes subcomités fabriles. La comisión consulta con los delegados de distrito, da una serie de citas, examina a fondo a los candidatos a miembro de los subcomités fabriles, los somete a un interrogatorio “inquisitorial”, los somete, en caso necesario, a tentación; procura así observar ella misma y poner a prueba directamente al mayor número posible de candidatos para el subcomité de la fábrica dada y, por último, propone al comité que ratifique una lista concreta de componentes de cada círculo fabril o faculte a aun obrero determinado para formar, designar, seleccionar todo el subcomité. De esta manera, el propio comité determinará quién de estos agentes debe tener relación él y cómo mantenerla (por regla general, a través de los delegados de distrito, pero esta regla está sujeta a complementos y modificaciones).

Dada la importancia de esto subcomités de fábrica, debemos aspirar, en la medida de lo posible, a que cada uno de ellos tenga tanto una dirección como comunicarse con el OC como una consignación de sus contactos en lugar seguro (o sea, que los datos necesarios para rehacer inmediatamente el subcomité en caso de caída se hagan llegar con la mayor regularidad y abundancia posible al centro del Partido, al objeto de ponerlos a salvo en sitio inaccesible para los gendarmes rusos). Huelga decir que esta retransmisión de señas debe decidirla el comité, basándose en sus propias consideraciones y datos de que disponga, y no en el inexistente derecho de distribución “democrática” de dichas direcciones.

Por último, quizá no esté de más indicar que, en algunos casos, en lugar del subcomité de fábrica formado por varios miembros será necesario o más conveniente limitarse a nombrar un agente del comité (y un suplente).

Una vez formado, el subcomité de fábrica deberá emprender la creación de toda una serie de grupos y círculos fabriles con tareas diferentes y con distinto grado de clandestinidad y reglamentación; por ejemplo, círculos de reparto y distribución de publicaciones (una de las funciones más importantes que debe ser organizada de tal modo que tengamos nuestro verdadero correo, que sean probados y comprobados los métodos no sólo de distribución, sino también de reparto a domicilio, que se conozcan sin falta todos los domicilios y la manera de llegar a ellos), círculos y lecturas clandestinas, círculos para la vigilancia de los espías(2), círculos de dirección especial del movimiento sindical y de la lucha económica, círculos de agitadores y propagandistas que sepan entablar largas charlas en un plano completamente legal (sobre maquinaria, inspección, etc.), para hablar sin peligro y en público, para sondear a la gente y tantear el terreno, etc.(3).

El subcomité de fábrica debe procurar abarcar toda la fábrica, la mayor parte posible de los obreros, con una red de círculos (o de agentes) de todo tipo. El éxito de la labor de subcomité deberá medirse por la abundancia de estos círculos, por la posibilidad de que contacto con ellos el propagandista viajero y, lo principal, por el acierto de la labor sistemática de distribución de publicaciones y de recepción de datos y colaboraciones.

Así pues, el tipo general de organización deberá ser, a mi juicio, el siguiente: a la cabeza de todo el movimiento local, de toda la actividad socialdemócrata local se hallará el comité. Del comité partirán los organismos subordinados a él y sus filiales, configurando, en primer lugar, una red de agentes ejecutivos, que abarcará a toda (si fuera posible) la masa obrera y estará organizada en forma de grupos de distrito y subcomités de fábrica. En tiempos de paz, esta red se dedicará a distribuir publicaciones, octavillas, proclamas e informaciones clandestinas del comité; en tiempos de guerra, organizará manifestaciones y otras acciones colectivas. En segundo lugar, partirá también del comité una serie de círculos y grupos de todo género puestos al servicio del movimiento en conjunto (propaganda, transporte, medidas clandestinas de diverso tipo, etc.). Todos los grupos, círculos, subcomités, etc., deberán ser considerados organismos del comité o secciones suyas.

Unos manifestarán francamente su deseo de ingresar en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y pasarán a formar parte de él, siempre y cuando que su ingreso sea ratificado por el comité asumirán (por encargo del comité o de acuerdos con él), funciones determinadas, contraerán la obligación de acatar cuanto dispongan los organismos del Partido, se les concederán los derechos propios de todos los miembros del Partido, serán considerados suplentes inmediatos de los miembros del comité, etc. Otros no ingresarán en el Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y serán considerados círculos organizados por miembros del Partido o contiguos a uno u otro grupo del Partido, etc.

Por supuesto, los miembros de todos estos círculos gozan, en lo relativo a sus asuntos internos, de la misma igualdad de derechos a que los miembros del comité entre sí. La única excepción consiste en que el derecho de mantener relaciones personales con el comité local (así como con el CC y el OC) será exclusivo de la persona (o las personas) que haya designado este comité. En todos los demás aspectos, dicha persona será igual en derechos que los restantes, los cuales podrán también dirigir (aunque no personalmente) declaraciones al comité local, al CC y al OC. De este modo, la excepción señalada no representa, en el fondo, infracción alguna de la igualdad de derechos, sino solamente una forzosa concesión a las incuestionables exigencias de la clandestinidad. El miembro del comité que no curse una declaración de “su” grupo al comité, al CC o al OC será responsable de infracción directa de su de ver de militante.

En lo que atañe a la clandestinidad y la reglamentación de los círculos de todo tipo, ello dependerá del carácter de sus funciones de acuerdo con ello, en este terrero existirán las organizaciones más diversas (desde la más “rigurosa”, estrecha y cerrada hasta la más “libre”, amplia, abierta y poco reglamentada). Por ejemplo, para los grupos de repartidores se imponen la mayor clandestinidad y disciplina militar. Los grupos de propagandistas deben observar también las normas de clandestinidad, pero la disciplina militar es mucho menos necesaria. Los grupos de obreros dedicados a lecturas legales o a organizar charlas acerca de las necesidades y demandas profesionales precisarán menos aún de la clandestinidad, etc.

Los grupos de repartidores deberán pertenecer al POSDR y conocer a cierto número de sus miembros y funcionarios. Un grupo dedicado a estudiar las condiciones profesionales de trabajo y preparar variantes de reivindicaciones profesionales no tiene que pertenecer necesariamente al POSDR. Un grupo de estudiantes, oficiales o empleados que se ocupen en su propia formación con la participación de uno o dos miembros del Partido no deberá, a veces, ni siquiera saber que pertenece al Partido, etc.

Pero hay un aspecto en que debe exigirse incondicionalmente la máxima reglamentación de la labor en todos estos grupos filiales, a saber: todo miembro del Partido que participe en ellos tiene el deber de responder formalmente por el estado de cosas en dicho grupo; tiene también el deber de adoptar todas las medidas necesarias para que el CC y el OC conozcan al máximo tanto la composición de cada grupo como todo el mecanismo de su labor y todo el contenido de esa labor. Esto es imprescindible para que el centro tenga ante sí el cuadro completo de todo el movimiento, para poder seleccionar entre el mayor número de personas a quienes deben desempeñar distintos cargos del Partido, y para que puedan aprender de un grupo (por mediación del centro) todos los grupos del mismo tipo que existan en toda Rusia; y para prevenir la aparición de provocadores y personas sospechosas; en una palabra, se trata de algo absoluta e imperiosamente necesario en todos los casos.

¿Cómo logarlo? Por medio de informes regulares al comité, comunicando al OC la mayor parte posible del contenido del mayor número posible de estos informes, organizando visitas de miembros del CC y del comité local a todos los círculos y, por último, mediante la consignación obligatoria en lugar seguro (y al Buró del Partido adjunto al OC y al CC) de los contactos con este círculo, es decir, de los nombres y las direcciones de algunos de sus miembros.

Sólo cuando se comuniquen los informes y se transmitan los contactos, se podrá considerar que el miembro del Partido que forme parte de un círculo u otro ha cumplido con su deber; sólo entonces, todo el Partido en su conjunto podrá aprender de cada círculo que realice una labor práctica; sólo entonces no resultarán desastrosas las detenciones, pues, disponiendo de contactos con los diversos círculos, al delegado de nuestro CC le será siempre fácil encontrar en seguida sustitutos y reanudar la labor. La caída de un comité no destrozará entonces toda la máquina, sólo nos privará de unos dirigentes, y sus suplentes estarán preparados para sustituirlos.

Y no se diga que la comunicación de informes y direcciones de contacto es imposible debido a las condiciones de la clandestinidad: basta con querer, y la posibilidad de transmitir (o enviar) comunicaciones y establecer contactos existe siempre y existirá siempre mientras tengamos comités, mientras tengamos un CC o un OC.

Llegamos ahora a un principio muy importante de toda la organización y actividad del Partido: si en lo que concierne a la dirección ideológica y práctica del movimiento y de la lucha revolucionaria del proletariado es necesaria la mayor centralización posible, en lo que se refiere a la información del centro del Partido (y, por consiguiente, de todo el Partido en general) acerca del movimiento, en lo que se refiere a la responsabilidad ante el Partido se impone la mayor descentralización posible. El movimiento debe ser dirigido por el menor número posible de los grupos más homogéneos de revolucionarios profesionales templados por la experiencia. Pero en el movimiento debe participar el mayor número posible de los grupos más variados y heterogéneos, pertenecientes las capas más diversas del proletariado (y de otras clases del pueblo). Con respecto a cada uno de estos grupos, el centro del Partido deberá tener siempre a la vista no sólo datos exactos acerca de sus actividades, sino también los datos más completos que sea posible acerca de su composición.

Debe centralizar la dirección del movimiento. Pero también (y precisamente para ello, pues sin información no es posible la centralización) descentralizar cuando sea posible la responsabilidad ante el Partido de cada uno de sus miembros por separado, de cada uno de los que participan en el trabajo, de cada uno de los círculos integrados en el Partido o ligados a él. Esta descentralización es condición indispensable para la centralización revolucionaria y un correctivo imprescindible de la misma.

Cuando la centralización se haya llevado hasta el final y dispongamos de un OC y de un CC, precisamente entonces la posibilidad de comunicación con ellos de todos los grupos, hasta los más minúsculos – y no sólo la posibilidad de comunicación, sino las comunicaciones regulares con el OC y el CC, convertidas en hábito a lo largo de una práctica de muchos años-, evitará que la presencia fortuita de elementos negativos en la composición de tal o cual comité local se traduzca en resultados deplorables.

Ahora que nos encontramos ya en vísperas de la unificación práctica del Partido y de la creación de un verdadero centro dirigente, debemos tener siempre presente que este centro resultará impotente si no implantamos al mismo tiempo, la máxima descentralización, tanto en lo concerniente a la responsabilidad ante él como en lo que se refiere a su información acerca de todas las redas y engranajes del mecanismo del Partido. Esta descentralización no es sino el reverso de esa división del trabajo que, según el consenso general, constituye una de las más apremiantes necesidades prácticas de nuestro movimiento.

Ni el reconocimiento oficial del papel dirigente de determinada organización, ni la constitución del CC.CC. formales aportarán de por sí la unidad efectiva de nuestro movimiento ni crearán un partido sólido y combativo, si el centro dirigente del partido queda, como antes, separado del trabajo práctico directo por los comités locales de viejo tipo; es decir, comités en los que, por una parte entra un montón de personas, cada una de las cuales maneja todos y cada uno de los asuntos sin dedicarse a funciones específicas del trabajo revolucionario, sin asumir la responsabilidad por alguna tarea concreta, sin llevar a término la tarea asumida, bien pensada y preparada, malgastando enorme cantidad de tiempo y de energías en ajetreos de radicales; y, por otra parte, hay una multitud de círculos de estudiantes y de obreros, la mitad de los cuales son totalmente desconocidos del comité, mientras la otra mitad son igual de desmesurados, carentes de especialización, tampoco aportan nada en el plano de la experiencia profesional ni aprovechan la experiencia de otros y, exactamente lo mismo que el comité, están ocupados en interminables reuniones en que se trata “de todo”, en elecciones y en la redacción de estatutos.

Par que el centro pueda funcionar eficientemente, los comités locales deben transformarse, convertirse en organizaciones especializadas y más “prácticas”, que alcancen la verdadera “perfección” en una u otra función práctica. Par que el centro pueda no sólo aconsejar, convencer y discutir (como se venía haciendo hasta ahora), sino dirigir realmente la orquesta, es menester que se sepa exactamente quién toca cada violín y en qué sitio; qué instrumento aprendió y aprende a tocar cada cual, dónde y cómo; quién, dónde y por qué desafina (cuando la música comienza a sonar mal); cómo, adónde y a quién hay que trasladar apara eliminar la disonancia, etc.

Actualmente – hay que decirlo con franqueza – por lo que se refiere a la verdadera labor interna del comité, o no estamos enterados de nada, aparte de sus proclamas y su correspondencia general, o si nos enteramos de algo es por nuestras amistades y relaciones personales. Pero sería ridículo pensar en que a un gran partido, capaz de dirigir el movimiento obrero de Rusia y que prepara la ofensiva general contra la autocracia, le baste con esto. Reducir el número de miembros del comité; asignar, en lo posible a cada uno de ellos una función determinada que implique responsabilidad y de la que tendrá que rendir cuentas; crear un centro directivo especial, de número muy reducido; organizar una red de agentes ejecutores que vinculen al comité con cada gran fábrica, efectúen la distribución regular de publicaciones y proporcionen al centro una imagen exacta de esta labor de distribución y de todo el mecanismo del trabajo; y por último, formar numerosos grupos y círculos que asuman diversas funciones o reúnan a las personas cercanas a la socialdemocracia, que la ayuden y se preparen a hacerse socialdemócratas, asegurándose que el comité y el centro estén siempre al tanto de las actividad (y la composición) de estos círculos; tales son las características que debe reunir la reorganización del Comité de San Petersburgo y todos los demás comités el Partido; también es la razón por la que el problema de los estatutos tiene tan poca importancia.

He comenzado por analizar el esbozo de estatutos, para mostrar con más claridad a dónde apuntan mis propuestas. Confío en que, como resultado, el lector haya comprendido que, en el fondo, tal vez sería posible prescindir de estatutos, sustituyéndolos por la rendición regular de cuentas acerca de cada círculo y cada sector de trabajo.

¿Qué se puede consignar en los estatutos? El comité dirige a todos (eso está claro sin que se diga). El comité elige al grupo directivo (no siempre es necesario, y cuando surge la necesidad, no se trata ya de un problema de estatutos sino de comunicar al centro la composición del grupo y los suplentes para el mismo). El Comité reparte entre sus miembros los diferentes sectores de trabajo y les encomienda que cada uno informe con regularidad al comité y curse comunicaciones al OC y al CC acerca de la marcha de la labor (también en este caso el que se informe al centro de que se ha efectuado tal o cual reparto es más importante que apuntar en los estatutos una regla que, debido a la escasez de nuestras fuerzas, quedaría a menudo sin aplicación).

El comité especificará quiénes son sus miembros. Los nuevos miembros serán incorporados por cooptación. El comité designa los grupos de distrito, los subcomités de fábrica y tales grupos (si nos propusiésemos enumerar todos los que conviene crear, no acabaríamos nunca, y no tiene sentido dar en los estatutos una lista aproximada basta con informar al centro cuando se constituya alguno). Los grupos de distrito y los subcomités organizan tales círculos…

La redacción de estatutos de este tipo en el momento actual resultaría tanto menos provechosa por cuanto que, a nivel de todo el Partido, la experiencia de actividad de diversos grupos y subgrupos de este tipo es muy escasa (en algunos lugares carecemos por completo de él), y para adquirir tal experiencia lo que hace falta no son estatutos, sino organizar la información del partido, valga la expresión. Cada una de nuestras organizaciones locales dedica ahora por lo menos varias veladas a la discusión de los estatutos. Si en lugar de ello cada miembro dedicara este tiempo a rendir cuenta circunstanciada y bien meditada sobre su función específica, ante todo el Partido, saldríamos ganando cien veces.

Y no es que los estatutos sean inútiles por el mero hecho de que el trabajo revolucionario no siempre admita ser reglamentado. No, la reglamentación es necesaria y debemos esforzarnos por dar forma, en la medida de lo posible, a toda la labor. La reglamentación es admisible en proporciones mucho mayores de lo que generalmente se piensa, pero no se alcanzará mediante estatutos, sino única y exclusivamente (no nos cansamos de repetirlo) mediante el envío de informes precisos al centro del Partido: sólo entonces serán reglamentaciones efectivas, enlazadas con una responsabilidad y una publicidad (dentro del Partido) reales.

Porque ¿quién de nosotros ignora que en nuestras organizaciones los conflictos y discrepancias serios, de hecho, no se resuelven nunca por votación “de acuerdo con los estatutos”, sino por la lucha y mediante amenazas de “retirarse”? De estas pugnas internas está llena la historia de la mayoría de nuestros comités en los últimos tres o cuatro años de vida del Partido.

Es muy deplorable que no se haya registrado esa lucha: hubiera sido mucho más aleccionadora para el Partido y aportado mucho más a la experiencia de nuestros sucesores. Pero tal reglamentación, beneficiosa y necesaria, no se logra con estatutos, sino exclusivamente por medio de la publicidad dentro del Partido. Bajo la autocracia no disponemos de otro medio ni de otro instrumento de publicidad interna que no sea el informar regularmente al centro del Partido.

Sólo cuando hayamos aprendido a aprovechar ampliamente esta publicidad, podremos sacar en efecto experiencia del funcionamiento de unas u otras organizaciones, sólo sobre la base de esa amplia experiencia, atesorada a lo largo de muchos años, se podrá elaborar estatutos que no sean papel mojado.

 

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 (1) Hay que esforzarse por incorporar al comité a los obreros revolucionarios que tengan la más amplias relaciones y la mejor “reputación” entre la masa obrera.

 (2) Debemos inculcar en los obreros que, si bien el asesinato de espías, provocadores y traidores puede, naturalmente, ser a veces una necesidad absoluta, sería en extremo indeseable y erróneo convertirlo en sistema; y que debemos esforzarnos por crear una organización capaz de neutralizar a los espías, pero se puede y se debe crear una organización que los descubra y que eduque a la masa obrera.

 (3) Hacen falta también círculos de combate, que utilicen a obreros que hayan hecho el servicio militar o sean singularmente fuertes y diestros, para los casos de manifestaciones, liberación de presos, etc.

 

Condiciones para la admisión a la Internacional Comunista

 


Condiciones para la admisión a la Internacional Comunista

Las condiciones para la admisión a la Internacional Comunista, popularmente conocidas como las 21 condiciones o los 21 puntos, eran los puntos ideológicos y organizativos que debía aprobar todo partido u organización que quisiese adherirse a la Internacional Comunista. Estas condiciones fueron aprobadas durante el II Congreso Mundial de la Internacional Comunista, celebrado el 30 de julio de 1920.

Condiciones para la admisión a la Internacional Comunista

Aprobadas en el II Congreso de la IC celebrado del 19 de julio al 7 de agosto de 1920

El I Congreso constituyente de la Internacional Comunista no elaboró las condiciones precisas de admisión de los partidos en la Tercera Internacional. En la época en que se desarrolló su I Congreso, en la mayoría de los países sólo existían tendencias y grupos comunistas.

El II Congreso de la Internacional Comunista se reúne bajo otras condiciones. En la mayoría de los países existen ahora, en lugar de tendencias y grupos, partidos y organizaciones comunistas.

Cada vez con mayor frecuencia, partidos y grupos que hasta hace poco pertenecían a la Segunda Internacional y que ahora querrían adherirse a la Internacional Comunista se dirigen a ella sin por eso haberse convertido verdaderamente en comunistas. La Segunda Internacional está irremediablemente derrotada. Los partidos intermedios y los grupos del “centro”, considerando desesperada su situación, se esfuerzan en apoyarse en la Internacional Comunista, cada día más fuerte, esperando conservar, sin embargo, una “autonomía” que les permitiría proseguir su antigua política oportunista o “centrista”. En cierta forma, la Internacional Comunista está de moda.

El deseo de algunos grupos dirigentes del “centro” de adherirse a la Tercera Internacional nos confirma indirectamente que la Internacional Comunista ha conquistado las simpatías de la gran mayoría de los trabajadores conscientes de todo el mundo y constituye una fuerza que crece constantemente.

La Internacional Comunista está amenazada por la invasión de grupos vacilantes e indecisos que aún no han podido romper con la ideología de la Segunda Internacional.

Además, ciertos partidos importantes (italiano, sueco) cuya mayoría se adhiere a las tesis comunistas, conservan todavía en su seno a numerosos elementos reformistas y socialpacifistas que sólo esperan la ocasión para recuperarse, y sabotear activamente la revolución proletaria, yendo así en ayuda de la burguesía y de la Segunda Internacional.

Ningún comunista debe olvidar las lecciones de la República de los Sóviets húngara. La unión de los comunistas húngaros con los reformistas le costó caro al proletariado húngaro.

Es por ello que el II Congreso Mundial considera su deber determinar de manera precisa las condiciones de admisión de los nuevos partidos e indicar a los partidos ya afiliados las obligaciones que les incumben.

El II Congreso de la Internacional Comunista decide que las condiciones para la admisión en la Internacional son las siguientes:

1.- La propaganda y la agitación diarias deben tener un carácter efectivamente comunista y adecuarse al programa y a las decisiones de la Tercera Internacional. Todos los órganos de la prensa del partido deben estar redactados por comunistas de firmes convicciones que hayan expresado su devoción por la causa del proletariado. No es conveniente hablar de dictadura proletaria como si se tratase de una fórmula aprendida y corriente. La propaganda debe ser hecha de manera tal que su necesidad surja para todo trabajador, para toda obrera, para todo campesino, para todo soldado, de los hechos mismos de la vida cotidiana, sistemáticamente puestos de relieve por nuestra prensa. La prensa periódica o de otro tipo y todos los servicios de ediciones deben estar totalmente sometidos al Comité Central del partido, ya sea éste legal o ilegal. Es inadmisible que los órganos de expresión abusen de su autonomía para llevar a cabo una política no conforme con la del partido. En las columnas de la prensa, en las reuniones públicas, en los sindicatos, en las cooperativas, en todas partes donde los partidos de la Tercera Internacional tengan acceso, deberán criticar no solamente a la burguesía sino también a sus cómplices, los reformistas de toda clase.

2.- Toda organización deseosa de adherir a la Internacional Comunista debe regular y sistemáticamente separar de los puestos, aunque sean de poca responsabilidad, en el movimiento obrero (organizaciones de partido, redacciones, sindicatos, fracciones parlamentarias, cooperativas, municipalidades) a los reformistas y “centristas” y remplazarlos por comunistas probados, sin temor a tener que remplazar, sobre todo al comienzo, a militantes experimentados por trabajadores provenientes de las bases.

3.- En casi todos los países de Europa y América, la lucha de clases entra en el período de guerra civil. Bajo esas condiciones, los comunistas no pueden fiarse de la legalidad burguesa. Es su deber crear en todas partes, paralelamente a la organización legal, un organismo clandestino, capaz de cumplir en el momento decisivo con su deber hacia la revolución. En todos los países donde, a consecuencia del estado de sitio y de excepción, los comunistas no tienen la posibilidad de desarrollar legalmente toda su acción, la combinación de la acción legal y de la acción clandestina es indudablemente necesaria.

4.- El deber de propagar las ideas comunistas implica la necesidad absoluta de llevar a cabo una propaganda y agitación sistemáticas y perseverantes entre las tropas. En los lugares donde la propaganda abierta presente dificultades a consecuencia de las leyes de excepción, debe ser realizada ilegalmente. Negarse a hacerlo constituiría una traición al deber revolucionario y, en consecuencia, incompatible con la afiliación a la Tercera Internacional.

5.- Es necesaria una agitación hábil y sistemática en el campo. La clase obrera no puede triunfar si no es apoyada al menos por un sector de los trabajadores del campo (jornaleros agrícolas y campesinos pobres) y si no ha neutralizado con su política al menos a un sector del campo atrasado. La acción comunista en el campo adquiere en este momento una importancia capital y debe ser principalmente producto de la acción de los obreros comunistas en contacto con el campo. Negarse a realizarla o confiarla en manos de semirreformistas dudosos significa renunciar a la revolución proletaria.

6.- Todo partido deseoso de pertenecer a la Tercera Internacional debe denunciar tanto al socialpatriotismo confeso como al socialpacifismo hipócrita y falso; se trata de demostrar sistemáticamente a los trabajadores que sin la liquidación revolucionaria del capitalismo, ningún tribunal de arbitraje internacional, ningún debate sobre la reducción de armamentos, ninguna reorganización “democrática” de la Liga de las Naciones pueden preservar a la humanidad de las guerras imperialistas.

7.- Los partidos deseosos de pertenecer a la Internacional Comunista deben reconocer la necesidad de una ruptura total y definitiva con el reformismo y la política centrista y preconizar esa ruptura entre los miembros de las organizaciones. La acción comunista consecuente sólo es posible a ese precio.

La Internacional Comunista exige imperativamente y sin discusión esta ruptura que debe ser consumada en el menor plazo posible. La Internacional Comunista no puede admitir que reformistas reconocidos como Turati, Kautsky, Hilferding, Longuet, MacDonald, Modigliani y otros, tengan el derecho a ser considerados como miembros de la Tercera Internacional y estén representados en ella. Semejante estado de cosas haría asemejar demasiado la Tercera Internacional con la Segunda.

8.- En el problema de las colonias y de las nacionalidades oprimidas, los partidos de los países cuya burguesía posee colonias u oprime a otras naciones deben tener una línea de conducta particularmente clara. Todo partido perteneciente a la Tercera Internacional tiene el deber de denunciar implacablemente las proezas de “sus” imperialistas en las colonias, de sostener, no con palabras sino con hechos, todo movimiento de emancipación en las colonias, de exigir la expulsión de las colonias de los imperialistas de la metrópoli, de despertar en el corazón de los trabajadores del país sentimientos verdaderamente fraternales hacia la población trabajadora de las colonias y las nacionalidades oprimidas y llevar a cabo entre las tropas metropolitanas una continua agitación contra toda opresión de los pueblos coloniales.

9.- Todo partido que desee pertenecer a la Internacional Comunista debe llevar a cabo una propaganda perseverante y sistemática en los sindicatos, cooperativas y otras organizaciones de masas obreras. Deben ser formados grupos comunistas cuyo trabajo tenaz y constante conquistará a los sindicatos para el comunismo. Su deber consistirá en revelar en todo momento la traición de los socialpatriotas y las vacilaciones del “centro”. Esos grupos comunistas deben estar totalmente subordinados al conjunto del partido.

10.- Todo partido perteneciente a la Internacional Comunista debe combatir con energía y tenacidad a la “Internacional” de los sindicatos amarillos fundada en Ámsterdam. Deben difundir constantemente en los sindicatos obreros la idea de la necesidad de la ruptura con la Internacional amarilla de Ámsterdam. Además, debe apoyar con toda su fuerza a la unión internacional de los sindicatos rojos adherida a la Internacional Comunista.

11.- Los partidos deseosos de pertenecer a la Internacional Comunista tienen como deber revisar la composición de sus fracciones parlamentarias, separar a los elementos dudosos, someterlos, no con palabras sino con hechos, al Comité Central del partido, exigir de todo diputado comunista la subordinación de toda su actividad a los verdaderos intereses de la propaganda revolucionaria y de la agitación.

12.- Los partidos pertenecientes a la Internacional Comunista deben ser organizados sobre el principio del centralismo democrático. En una época como la actual, de guerra civil encarnizada, el Partido Comunista sólo podrá desempeñar su papel si está organizado del modo más centralizado posible, si se mantiene una disciplina de hierro cuasimilitar y si su organismo central está provisto de amplios poderes, ejerce una autoridad incuestionable y cuenta con la confianza unánime de los militantes.

13.- Los partidos comunistas de los países donde los comunistas militan legalmente deben proceder a depuraciones periódicas de sus organizaciones con el objeto de separar a los elementos arribistas o pequeñoburgueses.

14.- Los partidos que deseen pertenecer a la Internacional Comunista deben apoyar sin reservas a todas las repúblicas soviéticas en sus luchas con la contrarrevolución. Deben preconizar incansablemente la negativa de los trabajadores a transportar las municiones y los equipos destinados al enemigo de las repúblicas soviéticas y proseguir, ya sea legal o ilegalmente, la propaganda entre las tropas enviadas a combatir a dichas repúblicas.

15.- Los partidos que conservan hasta ese momento los antiguos programas socialdemócratas deben revisarlos sin demora y elaborar un nuevo programa comunista adaptado a las condiciones especiales de su país y concebido de acuerdo con el espíritu de la Internacional Comunista. Es obligatorio que los programas de los partidos afiliados a la Internacional Comunista sean confirmados por el Congreso Mundial y por el Comité Ejecutivo. En el caso de que este último niegue su aprobación a un partido, éste podrá apelar al Congreso de la Internacional Comunista.

16.- Todas las decisiones de los Congresos de la Internacional Comunista, así como las del Comité Ejecutivo, son obligatorias para todos los partidos afiliados a la Internacional Comunista. Al actuar en períodos de guerra civil encarnizada, la Internacional Comunista y su Comité Ejecutivo deben tener en cuenta condiciones de lucha muy variadas en los diversos países y sólo adoptar resoluciones generales y obligatorias en los problemas donde ello sea posible.

17.- De acuerdo con lo que precede, todos los partidos adherentes a la Internacional Comunista deben modificar su nombre. Todo partido que desee adherirse a la Internacional Comunista debe llamarse: Partido Comunista de… (sección de la Internacional Comunista). Este problema de nominación no es una simple formalidad sino que también tiene una importancia política considerable. La Internacional Comunista declaró una guerra sin cuartel al viejo mundo burgués y a todos los antiguos partidos socialdemócratas amarillos. Es fundamental que la diferencia entre los partidos comunistas y los viejos partidos “socialdemócratas” o “socialistas” oficiales que vendieron la bandera de la clase obrera sea más clara a los ojos de todo trabajador.

18.- Todos los órganos dirigentes de la prensa de los partidos de todos los países están obligados a imprimir los documentos oficiales importantes del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista.

19.- Todos los partidos pertenecientes a la Internacional Comunista, o que soliciten su adhesión, están obligados a convocar, lo más rápidamente posible, en un plazo de cuatro meses a más tardar a partir del II Congreso de la Internacional Comunista, un Congreso Extraordinario a fin de pronunciarse sobre estas condiciones. Los comités centrales deben controlar que las decisiones del II Congreso de la Internacional Comunista sean conocidas por todas las organizaciones locales.

20.- Los partidos que deseen mantener su adhesión a la Tercera Internacional pero que aún no han modificado radicalmente su antigua táctica, deben previamente controlar que los 2/3 de los miembros de su Comité Central y de las instituciones centrales más importantes estén compuestos por camaradas que ya antes del II Congreso se pronunciaron abiertamente por la adhesión del partido a la Tercera Internacional. Algunas excepciones pueden ser hechas con la aprobación del Comité Ejecutivo de la Internacional Comunista. El Comité Ejecutivo se reserva el derecho a hacer excepciones con los representantes de la tendencia centrista mencionados en el párrafo 7.

21.- Los adherentes al partido que rechacen las condiciones y las tesis establecidas por la Internacional Comunista deben ser excluidos del partido. Lo mismo ocurrirá con los delegados al Congreso Extraordinario.

Recuperado de Revoluciónrusa.net:

https://www.revolucionrusa.net/index.php/indice-tematico/la-tercera-internacional/70-condiciones-de-admision-de-los-partidos-en-la-internacional-comunista

 

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