Carta a un camarada sobre
nuestras tareas organizativas
Prefacio:
El
texto de Lenin, “Carta a un camarada sobre nuestras tareas organizativas”, de
1902, justo antes del segundo congreso de la POSDR, en el período de su
formación, fue necesario en un momento de la historia del partido especialmente
delicados, en relación con la definición de su estructura interna.
La
“Carta” se publica unos meses después de la publicación de “¿Qué hacer?”. Fue
la respuesta a una carta del socialdemócrata de Petersburgo A. A. Shneyerson
(Yeryoma), quien criticaba la organización del trabajo del partido en esa
ciudad.
Lenin
aprovecha la ocasión para volver atrás y explicar mejor lo que son, o deberían
ser, relaciones internas y el funcionamiento del partido, describiendo de
manera práctica y detallada su concepción del partido, más allá de la
definición general que se puede contener en las tesis. El texto fue difundido
en Petersburgo en el apogeo de la lucha contra los “economistas”. Fue
mimeografiado, copiado a mano y repartido entre los socialdemócratas de la
ciudad. En junio de 1903 se publicó ilegalmente en un folleto de la Liga
Socialdemócrata de Siberia con el título de “Sobre el trabajo revolucionario en
las organizaciones del POSDR (Carta a un compañero)”.
Carta a un camarada
sobre nuestras tareas organizativas
(Septiembre de 1902)
Lenin
Querido camarada: Con placer le envío el juicio que me
pedía acerca de su proyecto de Organización del Partido Revolucionario de San
Petersburgo [Probablemente se refería usted a la organización de la labor del
Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia en Petersburgo]. El problema que
plantea es tan importante que todos los miembros del Comité de San Petersburgo,
y aún todos los socialdemócratas rusos en general, deben tomar parte en su
discusión.
Conste, ante todo, que estoy completamente de acuerdo con
usted cuando explica la ineficiencia de la antigua organización de la Unión (la
“unionista” la llama usted). Señala usted la falta de una preparación seria y
educación revolucionaria de los obreros avanzados, el llamado sistema electivo,
que tan orgullosa y porfiadamente defienden los adeptos de Rabóchee
Delo en nombre de los principios “democráticos”, y el hecho de estar
apartados los obreros de todo trabajo activo.
Está en lo cierto: 1) la falta de una preparación seria y
de educación revolucionaria (no sólo de los obreros, sino también de los
intelectuales); 2) la aplicación inadecuada y abusiva del principio electivo, y
3) la no participación de los obreros en la intensa actividad revolucionaria son,
efectivamente, los principales defectos de la organización de San Petersburgo y
de muchas otras organizaciones locales de nuestro partido.
Hago mío por entero su punto de vista básico sobre las
tareas organizativas y me adhiero también a su proyecto de organización en la
medida en que puedo deducir de su carta los rasgos esenciales del mismo.
Para precisar, estoy por completo de acuerdo con usted en
que conviene destacar en particular las tareas del trabajo a escala de toda
Rusia y de todo el Partido en conjunto, usted lo expresa en el punto primero
del proyecto en los siguientes términos: “El Centro dirigente del partido (y
no sólo de un comité o de un distrito) es el periódico Iskra, que
cuenta con corresponsales permanentes entre los obreros y mantiene estrecho
contacto con el trabajo interno de la organización”.
Yo desearía señalar tan sólo que el periódico puede y
debe ser el dirigente ideológico del partido, desarrollar las
verdades teóricas, las tesis tácticas, las ideas generales de organización y
las tareas generales de todo el Partido en uno u otro momento. Pero el
dirigente práctico inmediato del movimiento sólo puede serlo
un grupo central especial (llamémoslo, por ejemplo, Comité Central) que se
enlace personalmente con todos los comités, que reúna en su
seno las mejores fuerzas revolucionarias de todos los socialdemócratas rusos y
rija todos los asuntos del Partido en general, tales como
difusión de publicaciones, edición de octavillas, distribución de fuerzas,
designación de personas y grupos para encabezar determinadas actividades,
preparación de manifestaciones y de la insurrección en toda Rusia, etc.
Ante la necesidad de mantener la más rigurosa
clandestinidad y de asegurar la continuidad del movimiento, nuestro Partido
puede y debe tener dos centros dirigentes: el OC (Órgano
Central) y el CC (Comité Central). El primero ejercerá la dirección ideológica
y el segundo, la dirección inmediata y práctica.
La unidad de acción y la necesaria identificación entre
estos grupos se asegurarán no sólo por el programa único del Partido, sino
también por la composición de ambos grupos (es preciso que los
dos, tanto el OC como el CC, estén integrados por personas totalmente
compenetradas) y por la organización de reuniones conjuntas, regulares y
constantes. Sólo así se logrará, por una parte, que el OC quede fuera del
alcance de los gendarmes rusos, asegurando su firmeza y continuidad, y, por
otra, que el CC se identifique siempre con el OC en todos los asuntos
esenciales y disponga de suficiente libertad para ejercer la dirección inmediata
de todo el aspecto práctico del movimiento.
Por eso convendría que el punto primero de los estatutos
(con arreglo a su proyecto) no sólo señalara qué órgano del Partido se reconoce
como dirigente (lo que, evidentemente, debe señalarse), sino también que cada
organización local se asigna como tarea trabajar activamente en la creación,
apoyo y consolidación de los organismos centrales sin los cuales nuestro
Partido no puede existir como tal.
Más adelante, en el segundo punto, dice usted que el
comité debe “dirigir la organización local” (tal vez sería mejor decir “toda la
labor local y todas las organizaciones locales del Partido”, pero no me
detendré en detalles de fórmula) y tiene que estar compuesto tanto de obreros
como de intelectuales, pues separarlos en dos comités sería perjudicial. Esto
es total y absolutamente cierto. El Comité del Partido Obrero Socialdemócrata
de Rusia debe ser uno solo y estar integrado por socialdemócratas plenamente
conscientes, que se consagren por entero a la actividad socialdemócrata.
Hay que procurar, sobre todo, que el mayor número posible
de overos lleguen a ser revolucionarios plenamente conscientes y profesionales
y formen parte del comité (1). Tratándose
de un comité único, y no doble, adquiere especial importancia el
que sus miembros conozcan personalmente a muchos obreros. Para
dirigir cuanto ocurre en los medios obrero hay que tener la posibilidad de
llegar a cualquier lugar, hay que conocer a muchísima gente, todos los
recovecos, etc., etc. Por eso deben formar parte del comité, en lo posible, los
principales jefes del movimiento obrero, que sean overo ellos
mismos; el comité debe dirigir todos los aspectos del
movimiento local y tener a su cargo todos los organismos,
fuerzas y recursos locales del Partido.
No se refiere usted a cómo debe formarse el comité;
probablemente coincidamos también en que, sobre este particular, apenas son
necesarias reglas especiales; la cuestión de cómo formar el comité incumbe a
los socialdemócratas locales. Si acaso, bastaría con indicar que los nuevos
miembros son cooptados por acuerdo de la mayoría (o de dos tercios, etc.) del
comité, que éste deberá preocuparse de transmitir sus vinculaciones a un lugar
de confianza (en el sentido revolucionario) y seguro (en el sentido político) y
de preparar de antemano sus suplentes. Cuando tengamos un OC y un CC, los
nuevos comités sólo habrán de formarse con su participación y su
consentimiento.
El número de miembros del comité deberá ser, en lo
posible, no muy grande (para que sea más alto el nivel de esos miembros y más
completa su especialización en la profesión revolucionaria), pero, al mismo
tiempo, suficiente para dirigir todos los aspectos de la labor
y garantizar la representatividad de las reuniones y la firmeza de los
acuerdos. Si el número de miembros fuese demasiado grande y el reunirse con
frecuencia resultase peligroso para ellos, tal vez habría que designar dentro
del comité otro grupo directivo especial, muy reducido (por ejemplo, cinco
personas, incluso menos), del que debería formar parte sin falta, el secretario
y las personas más capacitadas para llevar la dirección práctica de
toda la labor en su conjunto. Para este grupo tendría singular
importancia asegurarse suplentes, a fin de que el trabajo no se
paralizara en caso de caídas. Las reuniones generales del comité ratificarían
los actos del grupo directivo, determinarían su composición, etc.
Prosigamos. Después del comité,
propone usted, como subordinados a él, los siguientes organismos: 1) discusión
(conferencia de los “mejores” revolucionarios; 2) círculos de distrito, con 3)
un círculo de propagandistas adjunto a cada uno de ellos; 4) círculos de
fábrica, y 5) “conferencias representativas” de delegados de los círculos de
fábrica deldistrito correspondiente. Estoy completamente de acuerdo con usted
en que todos los demás organismos (que tendrán que ser
muchísimos y muy diversos, además de los que usted menciona) deben estar
subordinados al comité y en que son necesarios grupos de distrito (apara las
ciudades más grandes) y de fábrica (siempre y en todas partes).
Pero me parece que en algunos detalles no coincidimos por
entero. Por ejemplo, en lo que se refiere a la “discusión”, creo que ese
eslabón no es necesario en absoluto. Los “mejores revolucionarios”
deben estar todos en el comité o cumpliendo funciones especiales (imprenta,
transporte, agitación volante, organización, pongamos por caso, de una oficina
de pasaportes, de un destacamento de lucha contra los espías y provocadores o
de grupos en el ejército, etc.).
Se conferenciará tanto en el comité como en cada distrito
y en cada círculo de fábrica, propagandístico, profesional (tejedores,
mecánicos, curtidores y demás), estudiantil, literario, etc. ¿Qué falta hace un
organismo especial para conferenciar?
Prosigamos. Usted, pide con toda razón que se conceda “a
cuantos lo deseen” la posibilidad de mantener correspondencia directamente
con Iskra. Pero “directamente” no debe entenderse en el sentido de
que se les facilite el contacto con la redacción y sus señas “a cuantos lo
deseen”, sino en el sentido de que deberán ser transmitidas (o enviadas) a la
Redacción las cartas de cuantos lo deseen. Por lo que se refiere a
las señas, es necesario darlas con bastante amplitud, pero no a
cuantos lo deseen, sino solamente a los revolucionarios seguros y destacados
por su habilidad en la labor clandestina: quizá, no a uno solo por distrito,
como usted quiere, sino a varios; es necesario asimismo que cuantos participen
en el trabajo, todos y cada uno de los círculos tengan derecho a
poner en conocimiento, tanto del comité como del OC y del CC,
sus acuerdos, deseos y peticiones. Si aseguramos eso, lograremos la plenitud
de deliberación de todos los militantes del Partido sin necesidad de
crear organismos tan farragosos y tan poco apropiados para la labor clandestina
como las “discusiones”.
Está claro que hay que esforzarse asimismo por organizar
contactos individuales del mayor número posible de dirigentes de todo tipo, más
el quid de la cuestión está en observar las reglas de la clandestinidad. En
Rusia no se pueden celebrar asambleas generales y reuniones más que de vez en
cuando, como excepción, y hay que observar una extremada prudencia en cuanto a
la admisión en esas reuniones de los “mejores revolucionarios”, pues, de
ordinario, a un provocador le resulta más fácil infiltrarse en asambleas
generales, y a un espía, seguir los pasos a alguno de los participantes.
Creo que lo mejor, tal vez, sería hacer así: cuando se
puedan organizar grandes (digamos de 30 a 100 personas) asambleas generales
(por ejemplo, en el bosque durante los meses de verano, o en un domicilio
clandestino especialmente seleccionado), el comité podrá enviar a ellas a uno o
dos de los “mejores revolucionarios” y preocuparse de que la reunión tenga una
buena composición, o sea, por ejemplo, de invitar a ella al mayor número
posible de miembros dignos de confianza de los círculos de fábrica, etc.
Pero no es necesario reglamentar estas reuniones,
incluirlas en los estatutos, no hay que regularizarlas, no hay que dar lugar a
que todo participante de la reunión conozca a los demás asistentes, es decir,
sepa que todos son “representantes” de círculos, etc.; he ahí por qué soy
contrario no sólo a las “discusiones”, sino también a las “asambleas
representativas”.
En vez de estos dos organismos, yo propondría que se
estableciera, más o menos, la siguiente regla. El comité se encarga de
organizar grandes asambleas con el mayor número posible de personas que
participan con su actividad práctica en el movimiento y de todos los obreros en
general. La fecha, el lugar y el objeto de la reunión, así como su composición,
los determinará el comité, que responderá por la clandestinidad de estos actos.
Cae de su peso que esto no descarta en modo alguno que los propios obreros
organicen reuniones menos reglamentadas durante los paseos, en el bosque, etc.
Posiblemente sería mejor aún no hablar de ello en los estatutos.
En lo que se refiere a los grupos de distrito estoy
completamente de acuerdo con usted en que una de sus tareas más importantes es
organizar debidamente la distribución de publicaciones. Creo
que los grupos distritales deben ser, en lo fundamental,
intermediarios entre los comités y las fábricas, intermediarios e incluso
primordialmente transmisores. Su tarea principal debe consistir en
organizar clandestinamente una acertada distribución de las publicaciones
recibidas del comité. Es una tarea de suma importancia, porque si se asegura el
enlace regular del grupo especial de distribuidores del distrito con todas
las fábricas y con el mayor número posible de viviendas
obreras del distrito, eso tendrá también inmensa importancia para
organizar las manifestaciones y para la insurrección.
Poner a punto, organizar la transmisión rápida y acertada
de las publicaciones, octavillas, proclamas, etc., enseñar esta labor a toda
una red de agentes, significa recorrer más de la mitad del
camino en la preparación de las manifestaciones y de la insurrección en el
futuro. En los momentos de agitación, de una huelga de efervescencias es ya
tarde para organizar el reparto de propaganda: es algo a lo que sólo se puede
avezar poco a poco, practicándolo necesariamente dos o tres
veces al mes.
De no haber periódico, puede y debe hacerse lo mismo con
octavillas, pero de ninguna manera hay que dejar que el aparato de distribución
permanezca ocioso. Debe procurarse perfeccionar este aparato a tal grado que en
una sola noche se pueda informar – y, por decirlo así, movilizar – a toda la
población obrera de San Petersburgo. Y no se trata, ni mucho menos, de una
tarea utópica, siempre y cuando se asegure desde el centro la distribución
sistemática de octavillas a los círculos intermediarios más reducidos y, de
ellos a los repartidores.
A mi juicio, no sería conveniente extender la competencia
del grupo de distrito a otras funciones que las de simple intermediario y
transmisor; o, más exactamente, convendría extenderla con extraordinaria
cautela, porque esto sólo puede causar perjuicio a la clandestinidad y la
integridad del trabajo. Naturalmente, también en los círculos de distrito se
celebrarán conferencias sobre todos los problemas del Partido, pero será el comité,
y sólo él, el que deberá resolver todos los problemas
generales del movimiento local.
La autonomía de los grupos de distrito debería admitirse
únicamente en cuestiones relacionadas con la técnica de transmisión y difusión.
La composición del grupo distrital deberá determinarla el
comité; o sea que el comité designará a uno o dos de sus miembros (o incluso
personas que no lo sean) como delegados al distrito de que se trate y encargará
a estos delegados de formar el grupo de distrito, todos los
miembros del cual también deberán ser confirmados en sus cargos por el comité.
El grupo de distrito es una sección filial del comité, cuyos poderes se
derivarán exclusivamente de éste.
Paso ahora al problema de los círculos de propagandistas.
No parece que sea posible organizarlos por separado en cada distrito, dada la
escasez de propagandistas ni tampoco creo que sea conveniente. La propaganda
debe hacerse en un mismo espíritu por todo el comité y es necesario
centralizarla rigurosamente, razón por la cual concibo la cosa así: el comité
encargará a varios de sus miembros que organicen un grupo de propagandistas
(que será una filial del comité o uno de los organismos del comité).
Este grupo, valiéndose en orden a las consideraciones de clandestinidad de
los servicios de los grupos distritales, deberá hacer
propaganda en toda la ciudad, en toda la localidad colocada bajo la
“jurisdicción” del comité. Si fuera necesario, dicho grupo podrá formar también
subgrupos, delegar, por así decirlo, tal o cual parte de sus funciones; pero
todo ello a condición de que sea ratificado por el comité, el cual deberá
tener, siempre e indefectiblemente, derecho a enviar un delegado suyo a cada
grupo, subgrupo o círculo que tenga el menor contacto con el movimiento.
Según este mismo tipo de misiones, el mismo tipo de
filiales del comité o de organismos del mismo, deben ser organizados todos los
diversos grupos que presten servicio al movimiento: los grupos de estudiantes y
liceístas, y, pongamos por caso, los de funcionarios públicos simpatizantes,
así como los grupos de transporte, de imprenta, de documentos de identidad, los
encargados de preparar domicilios clandestinos, los grupos de protección contra
los espías, los grupos militares, los de suministro de armas, los grupos para
la organización, por ejemplo, de “empresas financieras rentables”, etc.
Todo el arte de la organización clandestina debe
consistir en saber sacar partido de todo y cada uno, en “dar
trabajo a todos y a cada uno”, manteniendo al mismo tiempo la dirección de
todo el movimiento y manteniéndola, por supuesto, no por la fuerza del poder,
sino por la fuerza del prestigio, por la de la energía, de la mayor
experiencia, de la mayor diversidad de conocimientos y del mayor talento.
Esta observación sale al paso de la posible y usual
objeción de que la centralización puede muy fácilmente echarlo todo a perder
si por casualidad se sitúa en el centro una persona dotada de
un poder inmenso, pero incapaz. Claro está que esto puede ocurrir;
pero el remedio contra ello no puede estar en la elegibilidad y la
descentralización absolutamente inadmisible en proporciones más o menos amplias
e incluso verdaderamente perjudicial para la labor revolucionaria bajo la
autocracia. Los remedios contra ello no los proporcionarán estatutos de ninguna
clase; sólo pueden proporcionarlos las medidas de “influencia camaraderil”,
desde las resoluciones de todos cada uno de los subgrupos y sus subsiguientes
apelaciones al OC ya al CC hasta (en el peor de los casos) el derrocamiento de
la autoridad absolutamente inepta.
El comité debe esforzarse por dividir al máximo el
trabajo, teniendo presente que los diferentes aspectos de la labor
revolucionario requieren facultades distintas, que, a veces, un hombre
completamente inútil como organizador puede resultar un agitador insustituible,
o que un hombre incapaz de resistir los rigores de la actividad clandestina
será un excelente propagandista, etc.
A propósito de los propagandistas, quisiera decir unas
palabras más en contra del habitual abarrotamiento de esta
profesión con personas poco capaces, a causa de lo cual se rebaja el nivel de
la propaganda. A veces, entre nosotros se considera indiscriminadamente
propagandista a cualquier estudiante, y todos los jóvenes reclaman
que “se les confíe un círculo”, etc. Habría que luchar contra semejante
práctica que suele acarrear mucho perjuicio. Son muy pocos los
propagandistas con verdadera firmeza de principios y capacidad (y para llegar a
serlo hace falta estudiar mucho y adquirir experiencia), y es preciso especializar
a esos hombres, ocuparlos todo lo que puedan y cuidarlos al máximo. Hay que
organizar varias conferencias a la semana para que intervengan en ellas, saber
llamarlos a tiempo a otras ciudades y, en general, organizar giras de
propagandistas capaces por diferentes ciudades.
En cuanto a la masa de jóvenes principiantes, hay que
orientarla más bien a actividades de orden práctico, que entre nosotros suelen
quedar en segundo plano en comparación con la peregrinación estudiantil por los
círculos, a la que, de manera optimista, se ha dado en llamar “propaganda”.
Está claro que para desempeñar serias tareas prácticas también se necesita una
sólida preparación, pero, a pesar de todo, en este terreno es más fácil
encontrar trabajo para los “principiantes”. Hablemos ahora de los círculos de
fábrica.
Tienen para nosotros una importancia especial, ya que la
fuerza principal del movimiento resido en el grado de organización de los
obreros en las grandes fábricas, que es donde se concentra la parte
predominante de la clase obrera, predominante no sólo en cuanto al número, sino
también, y más aún, por su influencia, desarrollo y capacidad de lucha. Cada
fábrica debe convertirse en una fortaleza nuestra. Y, para ello, la
organización obrera “fabril” debe ser tan clandestina por dentro y tan
“ramificada” por fuera, esto es, en sus relaciones externas, debe proyectar sus
tentáculos tan lejos, y en las más diversas direcciones, como cualquier otra
organización revolucionaria.
Recalco que, en este caso también, el núcleo y el dirigente,
el “dueño”, debe ser necesariamente el grupo de obreros revolucionarios.
Debemos romper del todo con la tradición de las organizaciones socialdemócratas
de tipo puramente obrero o profesional, incluidos los centros
“fabriles”. El grupo fabril o el comité de fábrica (para distinguirlo de los
demás grupos, que deberán ser muchísimos) ha de estar integrado por un número
muy reducido de revolucionarios, que reciben directamente
del comité las misiones y los correspondientes poderes de conducir
toda la labor socialdemócrata en la fábrica.
Todos los miembros del comité de fábrica deben
considerarse agentes del comité, obligados a acatar todas sus órdenes y
observar todas las “leyes y costumbres” del “ejército activo” en que se han
enrolado y que, en tiempos de guerra, no tienen derecho a abandonar si permiso
de los jefes. Por eso, la composición del comité de fábrica tiene inmensa
importancia, y una de las preocupaciones primordiales del comité debe consistir
en formar acertadamente estos subcomités.
Yo concibo esta labor del siguiente modo: el comité
encarga a algunos de sus miembros (más, supongamos, que tal o cual obrero que
no forma parte del comité por uno u otra razón, pero que puede ser útil por su
experiencia, su conocimiento de la gente, su inteligencia y sus contactos) que
organicen en todas partes subcomités fabriles. La comisión consulta con los
delegados de distrito, da una serie de citas, examina a fondo a los candidatos
a miembro de los subcomités fabriles, los somete a un interrogatorio “inquisitorial”,
los somete, en caso necesario, a tentación; procura así observar ella misma y
poner a prueba directamente al mayor número posible de
candidatos para el subcomité de la fábrica dada y, por último, propone al
comité que ratifique una lista concreta de componentes de cada círculo fabril o
faculte a aun obrero determinado para formar, designar, seleccionar todo el
subcomité. De esta manera, el propio comité determinará quién de estos agentes
debe tener relación él y cómo mantenerla (por regla general, a través de los
delegados de distrito, pero esta regla está sujeta a complementos y
modificaciones).
Dada la importancia de esto subcomités de fábrica,
debemos aspirar, en la medida de lo posible, a que cada uno de ellos tenga
tanto una dirección como comunicarse con el OC como una consignación de
sus contactos en lugar seguro (o sea, que los datos necesarios para rehacer
inmediatamente el subcomité en caso de caída se hagan llegar con la mayor
regularidad y abundancia posible al centro del Partido, al objeto de ponerlos a
salvo en sitio inaccesible para los gendarmes rusos). Huelga decir que esta
retransmisión de señas debe decidirla el comité, basándose en sus propias
consideraciones y datos de que disponga, y no en el inexistente derecho de
distribución “democrática” de dichas direcciones.
Por último, quizá no esté de más indicar que, en algunos
casos, en lugar del subcomité de fábrica formado por varios miembros será
necesario o más conveniente limitarse a nombrar un agente del
comité (y un suplente).
Una vez formado, el subcomité de fábrica deberá emprender
la creación de toda una serie de grupos y círculos fabriles con tareas
diferentes y con distinto grado de clandestinidad y reglamentación; por
ejemplo, círculos de reparto y distribución de publicaciones (una de las
funciones más importantes que debe ser organizada de tal modo que tengamos
nuestro verdadero correo, que sean probados y comprobados los métodos no sólo
de distribución, sino también de reparto a domicilio, que se conozcan sin falta
todos los domicilios y la manera de llegar a ellos), círculos y lecturas
clandestinas, círculos para la vigilancia de los espías(2), círculos de
dirección especial del movimiento sindical y de la lucha económica, círculos de
agitadores y propagandistas que sepan entablar largas charlas en un
plano completamente legal (sobre maquinaria, inspección, etc.), para
hablar sin peligro y en público, para sondear a la gente y tantear el terreno,
etc.(3).
El subcomité de fábrica debe procurar abarcar toda la
fábrica, la mayor parte posible de los obreros, con una red de círculos (o de
agentes) de todo tipo. El éxito de la labor de subcomité deberá medirse por la
abundancia de estos círculos, por la posibilidad de que contacto con ellos el
propagandista viajero y, lo principal, por el acierto de la labor sistemática
de distribución de publicaciones y de recepción de datos y
colaboraciones.
Así pues, el tipo general de organización deberá ser, a
mi juicio, el siguiente: a la cabeza de todo el movimiento local, de toda la
actividad socialdemócrata local se hallará el comité. Del comité partirán los
organismos subordinados a él y sus filiales, configurando, en primer
lugar, una red de agentes ejecutivos, que abarcará a toda (si fuera
posible) la masa obrera y estará organizada en forma de grupos de distrito y
subcomités de fábrica. En tiempos de paz, esta red se dedicará a distribuir
publicaciones, octavillas, proclamas e informaciones clandestinas del comité;
en tiempos de guerra, organizará manifestaciones y otras acciones colectivas.
En segundo lugar, partirá también del comité una serie de círculos y grupos de
todo género puestos al servicio del movimiento en conjunto (propaganda,
transporte, medidas clandestinas de diverso tipo, etc.). Todos los grupos,
círculos, subcomités, etc., deberán ser considerados organismos del comité o
secciones suyas.
Unos manifestarán francamente su deseo de ingresar en el
Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y pasarán a formar parte de él, siempre
y cuando que su ingreso sea ratificado por el comité asumirán (por encargo del
comité o de acuerdos con él), funciones determinadas, contraerán la obligación
de acatar cuanto dispongan los organismos del Partido, se les concederán los
derechos propios de todos los miembros del Partido, serán considerados
suplentes inmediatos de los miembros del comité, etc. Otros no ingresarán en el
Partido Obrero Socialdemócrata de Rusia y serán considerados círculos
organizados por miembros del Partido o contiguos a uno u otro grupo del
Partido, etc.
Por supuesto, los miembros de todos estos
círculos gozan, en lo relativo a sus asuntos internos, de la misma
igualdad de derechos a que los miembros del comité entre sí. La única excepción
consiste en que el derecho de mantener relaciones personales con
el comité local (así como con el CC y el OC) será exclusivo de la persona (o
las personas) que haya designado este comité. En todos los demás aspectos,
dicha persona será igual en derechos que los restantes, los cuales podrán
también dirigir (aunque no personalmente) declaraciones al comité local, al CC
y al OC. De este modo, la excepción señalada no representa, en el fondo,
infracción alguna de la igualdad de derechos, sino solamente una forzosa
concesión a las incuestionables exigencias de la clandestinidad. El miembro del
comité que no curse una declaración de “su” grupo al comité, al CC o al OC será
responsable de infracción directa de su de ver de militante.
En lo que atañe a la clandestinidad y la reglamentación
de los círculos de todo tipo, ello dependerá del carácter de sus funciones de
acuerdo con ello, en este terrero existirán las organizaciones más diversas
(desde la más “rigurosa”, estrecha y cerrada hasta la más “libre”, amplia,
abierta y poco reglamentada). Por ejemplo, para los grupos de repartidores se
imponen la mayor clandestinidad y disciplina militar. Los grupos de
propagandistas deben observar también las normas de clandestinidad, pero la
disciplina militar es mucho menos necesaria. Los grupos de obreros dedicados a
lecturas legales o a organizar charlas acerca de las necesidades y demandas
profesionales precisarán menos aún de la clandestinidad, etc.
Los grupos de repartidores deberán pertenecer al POSDR y
conocer a cierto número de sus miembros y funcionarios. Un grupo dedicado a
estudiar las condiciones profesionales de trabajo y preparar variantes de
reivindicaciones profesionales no tiene que pertenecer necesariamente al POSDR.
Un grupo de estudiantes, oficiales o empleados que se ocupen en su propia
formación con la participación de uno o dos miembros del
Partido no deberá, a veces, ni siquiera saber que pertenece al Partido, etc.
Pero hay un aspecto en que debe exigirse incondicionalmente
la máxima reglamentación de la labor en todos estos grupos filiales, a
saber: todo miembro del Partido que participe en ellos tiene el deber de
responder formalmente por el estado de cosas en dicho grupo; tiene también el
deber de adoptar todas las medidas necesarias para que el CC y
el OC conozcan al máximo tanto la composición de cada grupo como todo el mecanismo de
su labor y todo el contenido de esa labor. Esto es imprescindible para que el
centro tenga ante sí el cuadro completo de todo el movimiento,
para poder seleccionar entre el mayor número de personas a quienes deben
desempeñar distintos cargos del Partido, y para que puedan aprender de un grupo
(por mediación del centro) todos los grupos del mismo tipo que existan en toda
Rusia; y para prevenir la aparición de provocadores y personas sospechosas; en
una palabra, se trata de algo absoluta e imperiosamente necesario en todos los
casos.
¿Cómo logarlo? Por medio de informes regulares al comité,
comunicando al OC la mayor parte posible del contenido del mayor número posible
de estos informes, organizando visitas de miembros del CC y del comité local a
todos los círculos y, por último, mediante la consignación obligatoria en
lugar seguro (y al Buró del Partido adjunto al OC y al CC) de los contactos con
este círculo, es decir, de los nombres y las direcciones de algunos de sus
miembros.
Sólo cuando se comuniquen los informes y se transmitan los
contactos, se podrá considerar que el miembro del Partido que forme parte de un
círculo u otro ha cumplido con su deber; sólo entonces, todo el Partido en su
conjunto podrá aprender de cada círculo que realice una labor
práctica; sólo entonces no resultarán desastrosas las detenciones, pues,
disponiendo de contactos con los diversos círculos, al delegado de nuestro CC
le será siempre fácil encontrar en seguida sustitutos y
reanudar la labor. La caída de un comité no destrozará entonces toda la
máquina, sólo nos privará de unos dirigentes, y sus suplentes estarán
preparados para sustituirlos.
Y no se diga que la comunicación de informes y
direcciones de contacto es imposible debido a las condiciones de la
clandestinidad: basta con querer, y la posibilidad de transmitir (o enviar)
comunicaciones y establecer contactos existe siempre y
existirá siempre mientras tengamos comités, mientras tengamos un CC o un OC.
Llegamos ahora a un principio muy importante de toda la
organización y actividad del Partido: si en lo que concierne a la dirección ideológica
y práctica del movimiento y de la lucha revolucionaria del proletariado es
necesaria la mayor centralización posible, en lo que se refiere
a la información del centro del Partido (y, por consiguiente,
de todo el Partido en general) acerca del movimiento, en lo que se refiere
a la responsabilidad ante el Partido se impone la
mayor descentralización posible. El movimiento debe ser dirigido por el
menor número posible de los grupos más homogéneos de revolucionarios profesionales
templados por la experiencia. Pero en el movimiento debe participar el mayor
número posible de los grupos más variados y heterogéneos, pertenecientes las
capas más diversas del proletariado (y de otras clases del pueblo). Con
respecto a cada uno de estos grupos, el centro del Partido deberá tener siempre
a la vista no sólo datos exactos acerca de sus actividades, sino también los
datos más completos que sea posible acerca de
su composición.
Debe centralizar la dirección del movimiento. Pero también
(y precisamente para ello, pues sin información no es posible la
centralización) descentralizar cuando sea posible la responsabilidad ante
el Partido de cada uno de sus miembros por separado, de cada uno de
los que participan en el trabajo, de cada uno de los círculos integrados en el
Partido o ligados a él. Esta descentralización es condición indispensable para
la centralización revolucionaria y un correctivo imprescindible de la
misma.
Cuando la centralización se haya llevado hasta el final y
dispongamos de un OC y de un CC, precisamente entonces la posibilidad de
comunicación con ellos de todos los grupos, hasta los más minúsculos – y no
sólo la posibilidad de comunicación, sino las comunicaciones regulares con
el OC y el CC, convertidas en hábito a lo largo de una práctica de muchos
años-, evitará que la presencia fortuita de elementos negativos en la
composición de tal o cual comité local se traduzca en resultados deplorables.
Ahora que nos encontramos ya en vísperas de la
unificación práctica del Partido y de la creación de un verdadero centro
dirigente, debemos tener siempre presente que este centro resultará
impotente si no implantamos al mismo tiempo, la máxima
descentralización, tanto en lo concerniente a la responsabilidad ante él
como en lo que se refiere a su información acerca de todas las redas y
engranajes del mecanismo del Partido. Esta descentralización no es sino el
reverso de esa división del trabajo que, según el consenso
general, constituye una de las más apremiantes necesidades prácticas de nuestro
movimiento.
Ni el reconocimiento oficial del papel dirigente de
determinada organización, ni la constitución del CC.CC. formales aportarán de
por sí la unidad efectiva de nuestro movimiento ni crearán un partido sólido y
combativo, si el centro dirigente del partido queda, como antes, separado del
trabajo práctico directo por los comités locales de viejo tipo; es decir,
comités en los que, por una parte entra un montón de personas, cada una de las
cuales maneja todos y cada uno de los asuntos sin dedicarse a funciones
específicas del trabajo revolucionario, sin asumir la responsabilidad por
alguna tarea concreta, sin llevar a término la tarea asumida, bien pensada y
preparada, malgastando enorme cantidad de tiempo y de energías en ajetreos de radicales;
y, por otra parte, hay una multitud de círculos de estudiantes y de obreros, la
mitad de los cuales son totalmente desconocidos del comité, mientras la otra
mitad son igual de desmesurados, carentes de especialización, tampoco aportan
nada en el plano de la experiencia profesional ni aprovechan la experiencia de
otros y, exactamente lo mismo que el comité, están ocupados en interminables
reuniones en que se trata “de todo”, en elecciones y en la redacción de
estatutos.
Par que el centro pueda funcionar eficientemente, los
comités locales deben transformarse, convertirse en organizaciones
especializadas y más “prácticas”, que alcancen la verdadera “perfección” en una
u otra función práctica. Par que el centro pueda no sólo aconsejar, convencer y
discutir (como se venía haciendo hasta ahora), sino dirigir realmente la
orquesta, es menester que se sepa exactamente quién toca cada violín y en qué
sitio; qué instrumento aprendió y aprende a tocar cada cual, dónde y cómo;
quién, dónde y por qué desafina (cuando la música comienza a sonar mal); cómo,
adónde y a quién hay que trasladar apara eliminar la disonancia, etc.
Actualmente – hay que decirlo con franqueza – por lo que
se refiere a la verdadera labor interna del
comité, o no estamos enterados de nada, aparte de sus proclamas y su
correspondencia general, o si nos enteramos de algo es por nuestras amistades y
relaciones personales. Pero sería ridículo pensar en que a un gran partido,
capaz de dirigir el movimiento obrero de Rusia y que prepara la ofensiva
general contra la autocracia, le baste con esto. Reducir el número de miembros
del comité; asignar, en lo posible a cada uno de ellos una función determinada
que implique responsabilidad y de la que tendrá que rendir cuentas; crear un
centro directivo especial, de número muy reducido; organizar una red de agentes
ejecutores que vinculen al comité con cada gran fábrica, efectúen la
distribución regular de publicaciones y proporcionen al centro una imagen
exacta de esta labor de distribución y de todo el mecanismo del trabajo; y por
último, formar numerosos grupos y círculos que asuman diversas funciones o
reúnan a las personas cercanas a la socialdemocracia, que la ayuden y se
preparen a hacerse socialdemócratas, asegurándose que el comité y el centro estén
siempre al tanto de las actividad (y la composición) de estos círculos; tales
son las características que debe reunir la reorganización del Comité de San
Petersburgo y todos los demás comités el Partido; también es la razón por la
que el problema de los estatutos tiene tan poca importancia.
He comenzado por analizar el esbozo de estatutos, para
mostrar con más claridad a dónde apuntan mis propuestas. Confío en que, como
resultado, el lector haya comprendido que, en el fondo, tal vez sería posible
prescindir de estatutos, sustituyéndolos por la rendición regular
de cuentas acerca de cada círculo y cada sector de trabajo.
¿Qué se puede consignar en los estatutos? El comité
dirige a todos (eso está claro sin que se diga). El comité elige al grupo
directivo (no siempre es necesario, y cuando surge la necesidad, no se trata ya
de un problema de estatutos sino de comunicar al centro la
composición del grupo y los suplentes para el mismo). El Comité reparte entre
sus miembros los diferentes sectores de trabajo y les encomienda que cada uno
informe con regularidad al comité y curse comunicaciones al OC y al CC acerca
de la marcha de la labor (también en este caso el que se informe al centro de
que se ha efectuado tal o cual reparto es más importante que apuntar en los
estatutos una regla que, debido a la escasez de nuestras fuerzas,
quedaría a menudo sin aplicación).
El comité especificará quiénes son sus miembros. Los
nuevos miembros serán incorporados por cooptación. El comité designa los grupos
de distrito, los subcomités de fábrica y tales grupos (si nos propusiésemos
enumerar todos los que conviene crear, no acabaríamos nunca, y no tiene sentido
dar en los estatutos una lista aproximada basta con informar al centro cuando
se constituya alguno). Los grupos de distrito y los subcomités organizan tales
círculos…
La redacción de estatutos de este tipo en el momento
actual resultaría tanto menos provechosa por cuanto que, a nivel de todo el
Partido, la experiencia de actividad de diversos grupos y subgrupos de este tipo
es muy escasa (en algunos lugares carecemos por completo de él), y para
adquirir tal experiencia lo que hace falta no son estatutos, sino organizar la
información del partido, valga la expresión. Cada una de nuestras
organizaciones locales dedica ahora por lo menos varias veladas a la discusión
de los estatutos. Si en lugar de ello cada miembro dedicara este tiempo a
rendir cuenta circunstanciada y bien meditada sobre su función
específica, ante todo el Partido, saldríamos ganando cien veces.
Y no es que los estatutos sean inútiles por el mero hecho
de que el trabajo revolucionario no siempre admita ser reglamentado. No, la
reglamentación es necesaria y debemos esforzarnos por dar forma, en
la medida de lo posible, a toda la labor. La reglamentación es admisible en
proporciones mucho mayores de lo que generalmente se piensa, pero no se
alcanzará mediante estatutos, sino única y exclusivamente (no nos cansamos de
repetirlo) mediante el envío de informes precisos al centro del Partido: sólo
entonces serán reglamentaciones efectivas, enlazadas con una responsabilidad y
una publicidad (dentro del Partido) reales.
Porque ¿quién de nosotros ignora que en nuestras
organizaciones los conflictos y discrepancias serios, de hecho, no
se resuelven nunca por votación “de acuerdo con los estatutos”, sino por la
lucha y mediante amenazas de “retirarse”? De estas pugnas internas está llena
la historia de la mayoría de nuestros comités en los últimos
tres o cuatro años de vida del Partido.
Es muy deplorable que no se haya registrado esa lucha:
hubiera sido mucho más aleccionadora para el Partido y aportado mucho más a la
experiencia de nuestros sucesores. Pero tal reglamentación, beneficiosa y
necesaria, no se logra con estatutos, sino exclusivamente por medio de la publicidad
dentro del Partido. Bajo la autocracia no disponemos de otro medio ni de otro
instrumento de publicidad interna que no sea el informar regularmente al centro
del Partido.
Sólo cuando hayamos aprendido a aprovechar ampliamente
esta publicidad, podremos sacar en efecto experiencia del funcionamiento de
unas u otras organizaciones, sólo sobre la base de esa amplia experiencia,
atesorada a lo largo de muchos años, se podrá elaborar estatutos que no
sean papel mojado.
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(1) Hay que
esforzarse por incorporar al comité a los obreros revolucionarios que tengan la
más amplias relaciones y la mejor “reputación” entre la masa obrera.
(2) Debemos
inculcar en los obreros que, si bien el asesinato de espías, provocadores y
traidores puede, naturalmente, ser a veces una necesidad absoluta, sería en
extremo indeseable y erróneo convertirlo en sistema; y que debemos esforzarnos
por crear una organización capaz de neutralizar a los espías, pero se puede y
se debe crear una organización que los descubra y que eduque a la masa obrera.
(3) Hacen falta
también círculos de combate, que utilicen a obreros que hayan hecho el servicio
militar o sean singularmente fuertes y diestros, para los casos de
manifestaciones, liberación de presos, etc.







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