¿Por qué la burguesía repudia al aborto?
Luis Enrique Barrios
Publicado originalmente el 25 de
octubre de 2018 en Militante
La consecuencia por la penalización del aborto libre ha alcanzado
cifras verdaderamente espeluznantes, pues de acuerdo a la OMS, se practican
anualmente 25 millones de abortos inseguros en todo el mundo, mismo que dañan
gravemente la salud de las mujeres, traduciéndose ello en 47 mil muertes; para
el caso de México el aborto inseguro representa la tercera causa de muerte
materna.
En ese marco, nuevamente, resuena con fuerza la demanda de Aborto
legal, libre, seguro y gratuito, transformándose en un llamando que ha
amalgamado en todo el planeta a millones de estudiantes, obreras, empeladas,
todas ellas proletarias y que han visto en esa demanda, una forma de luchar
contra el flagelo del aborto inseguro, pero una manera de reapropiarse de forma
digna e independiente de su persona, su voluntad y por supuesto, de su cuerpo.
Dicha demanda ha provocado una reacción histérica de la burguesía y sus
instituciones, sobre todo el Clero, sus partidos políticos y sus organizaciones
periféricas, quienes pretenden descreditar al derecho al aborto con toda clase
de argumentos que van más allá de lo ridículo.
Pero la pregunta es ¿por qué la reacción de la burguesía es
especialmente colérica ante la demanda del aborto? ¿Objetivamente los Slim,
Azcárraga Jean, Germán Larrea pierden algo ante el hecho de que una joven
proletaria pueda abortar libremente? ¿Se trata de una defensa honesta de lo que
ellos llaman vida o existe algo más de fondo?
Para responder a esas preguntas, un primer factor a destacar es la
hipocresía de la burguesía y sus huestes, quienes se oponen al aborto en
defensa de la vida, en un país como México en el que cada hora muere una
persona por desnutrición, especialmente niños menores de un año de edad y
ancianos, según el INEGI.
Entonces, si lo anterior demuestra que la burguesía no defiende la vida
¿Qué es lo que en realidad defiende al oponerse al aborto? En mucho la
respuesta a ello está en las palabras de ultraderechistas como Fox y el difunto
Carlos Abascal, el primero calificando a las mujeres como “lavadoras de dos
patas” (febrero de 2006) y el segundo, precisamente siendo secretario del
trabajo del gobierno de Fox, señalando que las mujeres que trabajan deberían
regresar a sus casas a dedicarse a la crianza de los hijos.
Por burdas que parezcan esas palabras, resultan bastante nítidas para
visualizar el papel óptimo de la mujer de cara a los intereses de la burguesía:
el confinamiento al trabajo doméstico. Para el capital el trabajo doméstico es
el espacio por excelencia para la reproducción y restauración de la fuerza de
trabajo, es decir a través de múltiples tareas que nunca terminan, una madre
proletaria prepara a lo largo de años fuerza de trabajo joven y fresca
destinada a sustituir a la vieja y agotada fuerza de trabajo; pero también,
para el caso de un obrero en activo, el trabajo doméstico es el espacio en el
que sus fuerzas son restauradas tras una jornada extenuante, para que al
siguiente día, pueda estar en las condiciones mínimas para generar plusvalía en
la fábrica, todo ello sin que le cueste un sólo centavo al capitalista.
Y para que esa realidad sea aceptada por una familia obrera no sólo
dócilmente, sino incluso con convicción, el capitalismo sacraliza a la familia
y a la figura materna, volviendo sus instituciones (el Estado, la iglesia, los
partidos políticos, la escuela y demás organizaciones subsidiarias, incluidos
los medios masivos de información) en las herramientas para cincelar la cabeza
de la clase trabajadora en ese discurso, que por demás es alienante, pues en
aras de la familia el trabajador y una mujer proletaria están dispuestos a
tolerar toda clase de vejaciones del patrón.
Además el trabajo doméstico cosifica, es decir transforma a la mujer en
un objeto carente de voluntad y control sobre su vida (de ahí la expresión de
Fox de “lavadora de dos patas”), al enclaustrarla entre los cuatro muros de la
casa, aislandola del mundo del trabajo, se le vuelve presa fácil para la
asimilación de toda clase de prejuicios e ideas de aceptación del capitalismo,
bagaje ideológico, éste último para ser empelado en la educación de los hijos,
es decir de los futuros obreros.
Considerando lo anterior, por consecuencia, el aborto libre en sí mismo
representa una profunda negación de la sacralización burguesa de la familia y
la figura materna, poniendo ello en grave peligro a esa importante palanca de
apoyo para la lógica capitalismo: el trabajo doméstico. Y es un peligro porque
el aborto libre es algo más allá del libre ejercicio de ese derecho, sino
también es el poner a la mujer proletaria como depositaria de su propia
voluntad, sin tener que depender en adelante del permiso del Estado, de la
iglesia o del marido para tomar decisiones sobre su cuerpo y su destino, he
inevitablemente entrando ello en contradicción con al trabajo doméstico como
una especie de destino manifiesto, confinamiento éste último del cual brotan
toda una serie de relaciones sociales que además de pretender eternizar la
opresión de la mujer, buscan obstaculizar a toda costa la emancipación misma de
la clase trabajadora.
Por eso la burguesía repudia al aborto libre, el cual por su contenido
e implicaciones sociales representa una seria fractura para el andamiaje de
control político e ideológico del capital sobre la clase trabajadora, en este
caso, a través de la sacrosanta familia y la sacrosanta maternidad.
Es por ello y por su contenido revolucionario, que los trabajadores no
podemos quedarnos al margen de toda aquella lucha que signifique más derechos y
más libertades para nuestras compañeras de clase. Debemos movilizarnos al lado
de ellas por el derecho al aborto libre, por el incremento significativo de la
infraestructura hospitalaria y también por la eliminación del trabajo doméstico
transformándolo en responsabilidad social y obligación del Estado por medio de
una red de comedores públicos y demás servicios que se requieren para la
atención diaria de la familia.
La emancipación de la clase obrera no puede ser al margen de la
emancipación de la mujer proletaria, arrebatándola de la tiranía del
reaccionario trabajo doméstico y asegurado para ella el domino total sobre su voluntad
y su cuerpo.
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